La reciente muerte de Noelia, bajo el cobijo de una ley que permite la eutanasia, marca un hito sombrío en nuestra historia civilizatoria. No estamos ante un triunfo de la tan mentada libertad, sino ante la claudicación de un Estado que, en lugar de ofrecer razones para vivir, ofrece mecanismos para morir. Cuando la respuesta a un grito de auxilio emocional es una inyección letal, ¿no falló la sociedad en su misión más elemental, que es la custodia de la vida?
Desde una perspectiva ética, el principio de autonomía no puede ser absoluto ni ciego. La libertad humana solo tiene sentido si existe un sujeto vivo para ejercerla. Al validar el deseo de morir de una persona deprimida, el sistema ignora que la depresión es, por definición, una distorsión de la percepción del futuro y del valor propio. El consentimiento en estas condiciones está viciado por el sufrimiento temporal. La ética del cuidado debería obligar al Estado a intervenir para proteger al individuo de sus impulsos autodestructivos, no a convertirse en el brazo ejecutor de los mismos. Convertir el “derecho a morir” en una prestación estatal transforma la medicina —cuyo fin es sanar— en una herramienta de eliminación de los vulnerables. Como hubiera dicho Stefan Zweig: ¡Qué fracaso de civilización!
En el plano teológico, la vida no es una propiedad privada de la que podamos disponer a nuestro antojo; es un don sagrado, una chispa de lo divino depositada en cada ser humano. Un pedazo de misterio divino, de Dios, en la Tierra. Reivindicar el valor de la vida de Noelia es reconocer que su dignidad era intrínseca e inalienable, incluso en medio del dolor más profundo, pues de todo dolor se puede salir. Al arrogarse el poder de decidir sobre el fin de una existencia, el Estado y el individuo pretenden ocupar un lugar que no les corresponde: se hacen amos de la existencia. La sacralidad de la vida establece un límite infranqueable: el “No matarás” no es una restricción arbitraria, sino el fundamento de la paz social y el respeto absoluto al misterio de la existencia.
Filosóficamente, el valor de la vida humana debe prevalecer sobre cualquier cálculo utilitarista o concepto líquido de “calidad de vida”. Una sociedad que empieza a clasificar qué vidas “valen la pena ser vividas” y cuáles no, entra en una pendiente resbaladiza hacia la deshumanización. Si el Estado acepta que el sufrimiento psíquico es causa suficiente para el exterminio asistido, envía un mensaje devastador a miles de ciudadanos: que su dolor es insuperable y que su eliminación es una solución administrativa aceptable.
El caso de Noelia es una llamada de atención urgente. Debemos reivindicar la vida como el valor supremo, aquel que sostiene a todos los demás. Un Estado que mata a sus ciudadanos deprimidos es un Estado que ha renunciado a la esperanza y que está distorsionando valores fundamentales de lo que los seres humanos, al parecer con poca precisión, llamamos civilización. Nuestra obligación no es facilitar el camino hacia el abismo, sino construir puentes de acompañamiento, fe y salud mental que reafirmen, ante cada Noelia, que su vida es infinitamente valiosa y que nunca, bajo ninguna circunstancia, la muerte debe ser la respuesta de la ley.
¿Es la eutanasia un signo de civilización?
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