Bolivia enfrenta hoy un problema económico evidente: el país mantiene un tipo de cambio oficial artificialmente bajo, mientras en los mercados paralelos el dólar se vende con precios mucho más altos. Cuando existen dos precios del dólar, no se trata solo de una distorsión cambiaria. Lo que está en juego es algo más profundo: la credibilidad de la moneda y la coherencia del sistema económico.
La historia económica es clara. Ninguna economía funciona de manera estable con múltiples tipos de cambio. La reforma iniciada con el Decreto Supremo 21060 lo demostró: recuperar estabilidad exige un precio único del dólar. Pero cerrar la brecha cambiaria es solo el punto de partida. La verdadera pregunta estratégica es otra: qué tipo de cambio necesita Bolivia para crecer, invertir y aumentar el ingreso de su población. Para entenderlo conviene mirar la economía desde una lógica simple. El economista alemán Wolfgang Stützel (1958) mostró que los balances del sector público, del sector privado y del sector externo siempre deben compensarse entre sí. Lo que un sector gasta de más, otro necesariamente lo financia.
La situación actual de Bolivia refleja exactamente esa lógica. El Estado mantiene déficits elevados, el país importa más de lo que exporta y, al mismo tiempo, empresas y familias buscan proteger su riqueza en dólares. Desde la perspectiva de Stützel esto no es casualidad: si el sector público tiene déficit y el sector externo también, el sector privado necesariamente acumula un superávit financiero. Ese superávit aparece como ahorro. Así, el ahorro privado no es un fenómeno independiente, sino es la contracara de los déficits del Estado y del sector externo.
El problema surge en el siguiente paso: qué ocurre con ese ahorro. En una economía dinámica, el ahorro se transforma en inversión productiva. Pero aquí entra la segunda pieza clave del análisis económico: la lógica de inversión explicada por Michal Kalecki (1935). Las empresas invierten cuando esperan beneficios. Como resumía Kalecki: “los capitalistas ganan lo que gastan”. La inversión no sigue al crecimiento: lo genera. Cuando las empresas invierten, aumentan la producción, el empleo y el ingreso, creando el propio mercado que luego sostiene esa expansión.
Si producir en el país no es rentable —porque la moneda está sobrevaluada y las importaciones resultan artificialmente baratas—, las expectativas de ganancia se debilitan. En ese contexto, el ahorro privado deja de financiar inversión productiva y se transforma en demanda de dólares. El resultado es una economía que pierde divisas, mientras su propio ahorro no financia su desarrollo. El país genera ahorro interno, pero ese ahorro no se convierte en inversión productiva. En lugar de financiar empresas, tecnología o exportaciones, una parte creciente se refugia en dólares. Desde el punto de vista financiero, ese cambio de portafolio ya constituye una fuga de capitales del circuito productivo nacional.
Cuando miles de decisiones individuales buscan protección en divisas, aumenta la demanda de dólares y la presión recae sobre las reservas internacionales del banco central. Si las exportaciones no crecen lo suficiente para compensar esa demanda, las reservas comienzan a reducirse. Y cuando las reservas caen de forma persistente, también cae la credibilidad del tipo de cambio. La historia económica muestra siempre el mismo desenlace: el desequilibrio macroeconómico termina corrigiéndose en el precio del dólar.
Por eso unificar el mercado cambiario no es una opción ideológica. Es una necesidad para restablecer coherencia económica. El dinero no es neutral. Como señaló Keynes, “money connects the present with the future”. El dinero conecta decisiones de hoy con la producción de mañana. En una economía moderna, invertir, producir y emplear dependen de expectativas expresadas en términos monetarios. Cuando el sistema monetario pierde coherencia —como ocurre con múltiples tipos de cambio— el dinero deja de orientar la producción y comienza a desorganizarla, a crear un círculo vicioso.
Restablecer un mercado cambiario único significa reconstruir el marco monetario que permite que el ahorro se transforme en inversión y la inversión en producción. Pero la estabilidad cambiaria por sí sola no crea desarrollo. La clave está en algo más profundo: establecer un tipo de cambio real subvaluado competitivo. El tipo de cambio es uno de los precios más importantes de toda la economía. Cuando la moneda está artificialmente fuerte, las importaciones se abaratan y la producción nacional pierde competitividad. Las empresas venden menos, las exportaciones se debilitan y la inversión productiva cae.
Cuando la moneda es subvaluada y competitiva ocurre lo contrario. Producir en el país se vuelve rentable, exportar atractivo y competir con importaciones posible. Ese cambio en los precios relativos transforma las decisiones económicas. Si producir y exportar genera beneficios, las empresas invierten: lo hacen empresarios nacionales y también inversores extranjeros que buscan participar en sectores dinámicos.
La inversión amplía y transforma la capacidad productiva, incorpora tecnología y eleva la productividad. Con mayor capacidad crecen las exportaciones. Las exportaciones generan divisas, fortalecen la balanza externa y permiten acumular reservas internacionales. Así se forma un mecanismo de desarrollo virtuoso que se retroalimenta: una moneda subvaluada competitiva impulsa la inversión; la inversión expande la producción; la producción impulsa exportaciones; las exportaciones generan divisas; y esas divisas sostienen la estabilidad macroeconómica y el crecimiento del ingreso.
La experiencia internacional confirma esta lógica. Alemania, Japón, Corea del Sur, Taiwán, China o Vietnam construyeron su transformación productiva durante décadas con monedas competitivas que orientaron la inversión hacia los sectores exportadores. Pero esta estrategia requiere una condición adicional: estabilidad monetaria. Una economía que aspira a crecer necesita inflación baja y previsible. Cuando los precios suben rápidamente, las empresas pierden capacidad de planificar y la inversión se vuelve más riesgosa. Por eso muchas economías exitosas mantienen inflaciones cercanas al 2 % anual. Inflación baja, disciplina fiscal y moneda competitiva forman el triángulo básico de una estrategia de desarrollo.
Bolivia enfrenta hoy una decisión estratégica. Persistir en un sistema que combina brechas cambiarias, moneda sobrevaluada y expectativas de devaluación perpetúa la fragilidad económica. Es, en el mejor de los casos, una forma de administrar el subdesarrollo. La alternativa es más exigente, pero también más prometedora: una estrategia basada en moneda subvaluada competitiva, inversión productiva creciente y exportaciones dinámicas.
Solo esa constelación puede transformar la economía boliviana y sostener el crecimiento del ingreso. El desarrollo no consiste en administrar mejor la escasez ni en gestionar lo existente, sino en expandir la capacidad de producir, invertir y exportar. “Abrir Bolivia al mundo y atraer inversiones” no debe quedarse en una consigna: debe convertirse en la estrategia para convertir estabilidad macroeconómica en producción, empleo y prosperidad duradera, y para pasar de una economía que administra su escasez a una economía que crea riqueza.
El autor es economista PhD, Consultor internacional.
