Se puede decir que nada es seguro y que así ha de suceder, como se da a conocer en la misma Biblia, y que el mismo ser humano precipita el devenir de los hechos, como en nuestro medio, donde “hay de todo y para todos”: “¿quién será su suplente?, mi mujer (o a la inversa). Dejo la presidencia de la institución, pero mi mujer –o mi hijo– se queda en el cargo. Cedo esto, pero mi sobrino o mi ahijado debe ocupar tal puesto”, etc. Otrora, comentan, las cosas se daban de forma parecida, pero eran más disimuladas, “porque había sangre en la cara y vergüenza”, lo que hoy no sucede, pues parece que angurria, avaricia y desesperación, como si fuese a acabarse el mundo, los empujan a proceder de manera tan vil.
Una vez más cabe recordar que un estadista ya fallecido, hace muchos años solía decir, ante las exigencias de sus partidarios: “en Bolivia pasa todo y no pasa nada”, lo que no dejó de ser una respuesta atinada ante los hechos de ese tiempo. Empero, no tan “alocados” o precipitados como ahora. Lo último fue, apunta la colectividad, el caso de “los billetes caídos del cielo”, debido a un infortunado accidente de aviación que segó la vida de más de veinte personas. Así que ninguno sabe qué podrá suceder en cualquier momento. Las explicaciones iniciales no llegaron a convencer a los pobladores, de los cuales algunos tomaron al asalto fajos de billetes, algo que enardeció a pobladores del lugar, quienes también querían “su parte”. Al final las autoridades decidieron incinerar el resto del monto millonario, ante la mirada azorada de la gente. De veras que “en Bolivia pasa todo y no pasa nada”, porque luego todo volvió a la normalidad y “aquí nada ocurrió”.
No obstante, ante tantos dislates que cotidianamente tiene que observar el ciudadano de a pie, surge con incertidumbre y nerviosismo la pregunta: luego, ¿qué vendrá? A ciencia cierta nadie sabe, pero será algo que causará sorpresa, incredulidad, sonrisas, incertidumbre, esperanza, porque vivimos en Bolivia, donde cualquier cosa puede suceder. Y si no recuerde que aquí se vivió la revolución del 52, la guerrilla guevarista, la asamblea del pueblo, los gobiernos de “paz, orden y trabajo”, de la UDP, de “reconstrucción nacional”, de “el hambre no espera, todos a San Francisco”, del “Bonosol y la participación popular”, y los dos gobiernos masistas, acusados hoy del descalabro del país.
En medio de todo ello, el avance tecnológico trajo como a dos de sus hijos al celular y las “redes sociales”, que ahora, se afirma, causan perjuicios a la salud mental de niños, adolescentes y jóvenes, y hasta a personas mayores. Por ello países adelantados ya han tomado el recaudo de tratar de prohibir su uso hasta los quince años de edad, pues se han vuelto omnipresentes en sus vidas, siendo grande el perjuicio que ocasionan, repito, en su salud mental, por la exposición a contenidos violentos, el cíber acoso, la comparación permanente y mucho más. ¿Y qué más vendrá luego?
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