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La mentira y la verdad

Gonzalo Peñaranda Taida

La verdad es lo que está conforme con la realidad y la mentira es la distorsión deliberada de esa verdad, ambos conceptos están entrelazados. La mentira es utilizada para fingir, engañar, aparentar, es propia de la civilización, frecuente en la realpolitik y en la diplomacia.
La mentira es inherente al ser humano. José Mariano de Larra, el Pobrecito Hablador, el Duende Parlante, Fígaro, escribió en 1833 un exquisito artículo: “Todo el mundo es máscaras, todo el año es carnaval”. ¿Acaso no es cierto que las máscaras o simulaciones están presentes en todo momento?, hasta cuando se saluda con el “buenos días” falso y; ¡todo el año es carnaval!, porque en el año se hace hasta lo inaudito, sin necesidad de fijar fechas ni feriados.
Claro que hay mentiras piadosas, son comprensibles, pero la mentira ruin está presente en nuestras vidas y se halla disfrazada de diferentes formas, el sistema nos obliga.
Es interesante, los seres “inferiores”, los perros, los gatos, las hormigas o abejas no mienten, ni siquiera las víboras que se arrastran por el suelo, tal vez por eso seamos nosotros los “seres superiores” de la naturaleza. Inventamos cada cosa, engañamos con cada treta que, si cavilaríamos sobre este asunto, nos espantaríamos o nos reiríamos mordiéndonos la lengua… que somos.
En política la mentira cobra una dimensión recargada, porque la víctima es el pueblo todo. En política la mentira es dolo agravado, es engaño, artimaña, se ejecuta con premeditación y alevosía, apuñalando a la sociedad en beneficio propio.
La mentira de los políticos nos deja en la miseria y hasta en la muerte y todos los años es Carnaval.
La mentira de la existencia de una raza superior llevó al asesinato de más de 6 millones de personas durante el nazismo.
El número de asesinados y de encarcelados en la Unión Soviética estalinista, mintiendo que se erigía el socialismo, fluctúa en más de 20 millones de personas.
Nerón incendió Roma y mintió echando la culpa a los cristianos, ajusticiándolos.
El enredo entre la mentira y la verdad es propiedad exclusiva de la “civilización”, en la que la hipocresía –forma de mentira– es un hábito normal.
En los periodos anteriores a la civilización, el hombre no mentía porque no conocía la ambición de poder, su vida era natural y sencilla, no existía el Estado, nadie acumulaba bienes, nada había que ocultar, no existía “libre competencia”, todo era de todos, por lo tanto, no había “necesidad” de mentir.

El autor es jurista.

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