El sistema educativo boliviano es uno de los peores de la región, y esto está comprobado. Tras ya muchos años de vigencia de la Ley Avelino Siñani-Elizardo Pérez, los resultados son elocuentes: Bolivia no solo está rezagada respecto a los países vecinos, sino que ha convertido las aulas en espacios de adoctrinamiento en lugar de centros de innovación tecnológica y pensamiento crítico.
¿Qué ha traído hasta ahora el modelo de “descolonización” y “liberación”? En la práctica, priorizó la ideologización por encima de la excelencia académica y la libre creatividad. Mientras el Gobierno del MAS se ufanaba de haber construido escuelas en áreas rurales, la calidad de maestros y de enseñanza se mantenían en un estado deplorable. Teniendo en cuenta que Bolivia recibió tantos billones de dólares por la renta gasífera, el hecho de que la educación siga tan mal no tiene justificación alguna. Con tanto dinero, se podría haber equipado a las universidades y las escuelas públicas con laboratorios y bibliotecas, tanto físicas como virtuales. La verdad, sin embargo, es que gran parte de todo ese dinero fue o malgastado o robado.
Bolivia no se ha sometido a la prueba PISA. Y en un diagnóstico de secundaria realizado en 2023, se reveló que solo 3 de cada 100 alumnos pudieron aprobar áreas como matemáticas y química. Esta crítica situación no es un hecho aislado: el estudio ERCE 2019 de la UNESCO ya situaba a Bolivia por debajo del promedio regional en comprensión lectora y matemáticas básicas para niveles de primaria. La realidad es que más pequeños están en las aulas, sí, pero sin aprender a pensar críticamente, sin leer textos clásicos de la literatura universal y sin aprender a resolver problemas matemáticos básicos. Ni qué se diga de tecnología, IA o robótica.
La educación en el Siglo XXI no puede seguir anclada en una malla curricular saturada de contenidos políticos que ignoran la revolución tecnológica y las demandas del mercado laboral global. La reciente apertura del Ministerio de Educación para revisar la Ley Avelino Siñani y establecer mediciones de calidad desde 2026 es un reconocimiento tácito de su fracaso. Sin embargo, no bastan las mesas de diálogo con fines electorales ni las concesiones con maestros caprichosos.
El mundo ya está en el barco de la revolución tecnológica y la IA, pero, con la ideologización del llamado Proceso de Cambio que revalorizó usos y tradiciones ancestrales, los estudiantes quedaron en el pasado folclórico-tradicionalista, dejando de lado lo que pasa en el mundo moderno. Si uno no se sube al barco de la revolución tecnológica, sencillamente queda atrás, anulado, sin oportunidades.
Necesitamos competencias digitales, razonamiento lógico-matemático y una formación docente que no dependa de sindicatos o de corporaciones que ejercen presión para acceder a puestos laborales. El cambio no es una opción; es un imperativo de supervivencia nacional. El mundo avanza sin tener en cuenta la retórica populista de los actuales gobiernos nacionalistas y de izquierdas.
Ante la urgencia de una reforma educativa
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