¿Es el ser humano bueno o malo por naturaleza? A lo largo de la historia, muchos intelectuales han intentado responder a esta pregunta tan compleja, perteneciente a los debates relacionados a la moral y la naturaleza humana. Algunos de ellos, como Rousseau o Hobbes, han abarcado la cuestión en términos absolutos de “bondad” o “maldad” como características innatas del ser humano, mientras que otros, como los de la corriente instintivista del Siglo XX, sostienen una postura casi determinista, donde el ser humano está prácticamente condenado a ser violento por sus instintos. Sin embargo, ¿se puede limitar esta cuestión a un solo factor “esencial” para ser respondida? Parece ser que no, ya que estas posturas no toman en cuenta la capacidad de transformación del ser humano. Por eso, aquí se abarcará el tema de la agresividad humana para (intentar) plantear una respuesta más compleja al problema de la naturaleza humana.
El biólogo Edward Wilson en “Sobre la naturaleza humana” plantea que, aunque el ser humano tenga una predisposición genética hacia la agresión, basa sus acciones a partir de una “escala de conducta”, la cual se compone de un espectro de respuestas que pueden aparecer o desaparecer según las circunstancias particulares; en otras palabras, la agresión puede ser aprendida y es una opción más a considerar dentro de la capacidad de elegir qué es lo más conveniente para una situación específica.
Profundizando en esta toma de decisiones, el psicólogo Erich Fromm en “El corazón del hombre” propone la existencia de dos tendencias presentes a la vez en el ser humano, de las cuales una predomina sobre la otra: la necrófila, orientada a la destrucción, y la biófila, orientada a la creación o conservación de la vida. De estas tendencias, la natural es hacia la creación de la vida y su conservación, o sea, el ser humano se rige por una “ética biófila”, presente en las acciones altruistas (sean éstas incluso egoístas).
Ahora bien, estas formas de altruismo se pueden entender mejor si se retoma el planteamiento de las seis etapas del razonamiento ético de Kohlberg que retoma Wilson: 1) obediencia simple a las reglas y a la autoridad; 2) conformidad a la conducta del grupo; 3) conformidad para evitar el rechazo de otros; 4) conformidad para evitar el rompimiento del orden; 5) reconocimiento del valor de las reglas; y 6) conciencia u orientación de principios, entendida como la lealtad primaria a los principios de elección.
Teniendo esta clasificación en cuenta, se puede decir que, en un sentido moral, los seres humanos no actúan guiándose a través de un solo criterio, sino que actúa según lo que resulte más conveniente en ese momento y, probablemente, utilizando más de un solo criterio al mismo tiempo. Como se dijo anteriormente, parece ser que “lo conveniente” tiende, por lo general, a seguir este lineamiento de la ética biófila; sin embargo, esto no significa que todas las acciones morales se guíen por este principio siempre, sino que es una tendencia que suele cumplirse dentro de las consideraciones morales humanas.
En conclusión, se puede decir que, para poder comprender mejor la complejidad de la moral, se debe tener en cuenta: 1) las tendencias biófilas y necrófilas de cada individuo; 2) la aparente tendencia hacia la conservación de la vida; y 3) la complejidad de criterios mediante los cuales se manifiesta la ética biófila en la toma de decisiones morales. Así se muestra que la construcción de una moral basada en principios esenciales de carácter universal (incluyendo el determinismo biológico a través de los instintos) resulta ineficiente para responder a la pregunta inicial, ya que no se puede afirmar que la violencia sea universalmente mala o buena, ni que ésta es solamente producto de la perversión o de la decadencia moral. Ahora cabe preguntarse ¿qué consecuencias tienen estas ideas sobre la violencia en la justicia y la ética? ¿Resulta problemático?
La agresividad humana, ¿un medio para comprender la moral?
Raquel Sanjinés
- Advertisment -
