Mientras el 2026 marca apenas sus primeros días, Bolivia proyecta al mundo otra vez una mala imagen que va mucho más allá de una simple disputa de coyuntura. Los recientes bloqueos de la Central Obrera Boliviana (COB) y otros sectores sociales convirtieron a los destinos turísticos más emblemáticos en lugares peligrosos para visitantes extranjeros, asestando un golpe que podría ser muy dañino para la reputación internacional del país. Pero la conflictividad no solo retiene personas, sino que, además, aniquila economías locales. Los negocios, como restaurantes, ferias, hoteles o mercados, no pueden funcionar regularmente.
El caso de Copacabana es, quizás, el ejemplo más evidente. En la última semana, más de 200 turistas quedaron atrapados en este icónico lugar. La situación escaló a tal punto que la Armada Boliviana tuvo que llevar a cabo operativos de evacuación por vía lacustre para rescatar a ciudadanos de diversas nacionalidades que veían cómo sus vuelos de retorno y ahorros se esfumaban.
El lamentable mensaje que Bolivia envía al exterior es claro: “Este no es un país seguro para el turista”. Para un turista que viene del primer mundo y planifica su viaje con meses de antelación, quedarse sitiado en una carretera o ser evacuado por militares no es una mera anécdota, sino una advertencia para jamás volver y para no recomendar Bolivia a nadie de su tierra o patria. En estas circunstancias, el ímprobo esfuerzo de posicionar hermosos destinos como Coroico, Copacabana, el Madidi, el icónico Salar de Uyuni o el Lago Titicaca se diluye en cada punto de bloqueo reportado por la Administradora Boliviana de Carreteras. ¿Los bloqueadores y manifestantes no se dan cuenta del inmenso daño que con sus desmanes le hacen al turismo (y a ellos mismos, pues las divisas que genera el turismo benefician en realidad a todo el país)?
No cabe duda de que la protesta es un derecho constitucional, pero ¿lo es también el secuestro de la economía de personas que nada tienen que ver con los problemas? ¿Lo es la vulneración del libre tránsito? ¿Los bloqueos no son delitos que el Estado debería frenar con firmeza y decisión? ¿Por qué el capricho de ciertos sectores sociales tiene que afectar los emprendimientos, sueños y vacaciones de miles de personas que no tienen que ver con las controversias políticas del país?
Si la conflictividad social sigue siendo un hábito, el turismo terminará por ser un recuerdo de lo que pudo ser una potencia regional. Bolivia vive soñando desde hace décadas con convertirse en un referente regional –e incluso mundial– turístico, así como vive pensando en que un día será potencia de litio, pero esos días nunca llegan debido a la violencia y la conflictividad que impiden todo emprendimiento, toda empresa seria, todo negocio proyectado a largo plazo, toda política pública de largo aliento. La parte occidental del país es históricamente conflictiva y es esa conflictividad la que hizo que muchas empresas se fueran de la región andina. ¿Hasta cuándo soportará Bolivia esta realidad?
El turismo en Bolivia está asfixiado
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