Las imágenes de El Torno parecen sacadas de otra geografía: casas partidas en dos, carros encajados en medio del lodo, cuerpos rescatados río abajo, familias enteras mirando, en silencio, lo que quedó de su barrio. En un año marcado por conflictos, crisis políticas y avasallamientos de tierras, la riada que arrasó este municipio cruceño se ha convertido en el peor desastre de 2025 en Bolivia, tanto por el impacto humano como por la brutalidad con la que el agua borró calles, puentes y rutinas.
EL TORNO
Ocurrió el sábado 13 de diciembre, después de más de 10 horas de lluvia intensa sobre la cuenca del Piraí y la quebrada Espejos. Lo que empezó como una tormenta más de temporada terminó en una avalancha de agua y lodo que irrumpió de madrugada, sorprendiendo a familias que dormían o que apenas alcanzaron a subirse a los techos.
Los balances oficiales y de prensa se fueron actualizando hora a hora: al menos 20 personas fallecidas, decenas de desaparecidos, más de 560 evacuados y unas 600 familias afectadas en 11 comunidades.
El municipio declaró desastre y se instaló un Centro de Operaciones de Emergencia (COE), con militares, policías y rescatistas rastreando el cauce en helicópteros y botes. Cada nuevo cuerpo recuperado añadía una línea a la lista de víctimas, pero también a la sensación de que el país había subestimado la fuerza destructiva de estas lluvias.
Puentes colapsados, caminos destrozados y redes de agua y electricidad completamente dañadas completan el mapa de la tragedia. Las autoridades departamentales hablan de pérdidas materiales millonarias solo en infraestructura, sin contar los enseres, animales y pequeños negocios barridos por la corriente. En los albergues improvisados, las familias repiten una escena conocida en la historia de los desastres bolivianos: colchones en el piso, filas para recibir raciones de comida, niños que juegan entre bolsas de ropa donada y adultos que intentan entender cómo reconstruir una vida donde ya no hay casa ni tierra que les pertenezca.
SAMAIPATA
Un mes antes, el 17 de noviembre, Samaipata ya había dado la señal de alarma. Lluvias torrenciales provocaron el desborde de ríos y una riada que arrastró lodo, piedras y árboles hacia barrios y comunidades del municipio turístico más emblemático de los Valles Cruceños.
Imágenes de viviendas inundadas, vehículos atrapados y la carretera antigua a Cochabamba cortada por la mazamorra muestran que el riesgo no se limitaba al área metropolitana, sino que escalaba por las quebradas y laderas deforestadas.
La Alcaldía reportó 1.138 familias afectadas, 20 viviendas destruidas, 56 con daños severos y pérdidas agrícolas que golpearon unas 645 hectáreas de cultivos, un golpe directo a la economía local basada en horticultura, frutales y turismo. Samaipata se declaró en emergencia, pidió apoyo de Defensa Civil y del Gobierno central, y se sumó al listado de municipios que este año han debido aprender a convivir con lluvias que ya no son solo “fuertes”, sino abiertamente devastadoras.
UN AÑO BAJO EL AGUA
Los casos de El Torno y Samaipata son la cara más dramática de una temporada de lluvias que, de enero a diciembre de 2025, dejó un saldo nacional que todavía se está consolidando, que ya es alarmante. Reportes dieron cuenta de miles de familias afectadas en varios departamentos por inundaciones, riadas y secciones, con énfasis en Santa Cruz, La Paz, Cochabamba, Beni y Chuquisaca. En Santa Cruz, solo entre noviembre y diciembre, se contabilizaron más de 1.700 familias damnificadas sumando los casos de Samaipata, El Torno y otros municipios del eje de los valles y la región metropolitana.
A escala nacional, las cifras parciales de este año incluyen decenas de fallecidos y desaparecidos por eventos hidrometeorológicos extremos, millas de hectáreas de cultivos anegados, caminos vecinos destruidos y puentes colapsados, lo que ha interrumpido el abastecimiento de alimentos y combustibles en varias zonas.
TRAGEDIA DISTINTA
Los expertos y autoridades coinciden en que el 2025 es un año particular: la coincidencia de fenómenos climáticos globales de “El Niño” y “La Niña”, sumada a la deforestación acelerada y la ocupación de áreas de riesgo, ha multiplicado la fuerza y la velocidad de las riadas. Quebradas ocupadas, riberas urbanizadas sin planificación y laderas peladas convierten cada lluvia intensa en una amenaza latente.
En El Torno, vecinos recordaron que ya habían alertado sobre construcciones en zonas bajas y cercanas al cauce; en Samaipata, se repiten las advertencias sobre desmontes en laderas que alimentan la mazamorra.
Este cóctel hace que la riada de El Torno no sea solo la peor tragedia del año por la cifra de muertos, desaparecidos y destrucción material, sino también por lo que anticipa: un nuevo paisaje de riesgo donde los eventos extremos serán más frecuentes y más costosos si el país no redefine cómo ocupa su territorio.
Este 2025 cerró, así, con una escena que resume el desafío pendiente: familias mirando el vacío donde antes hubo una casa, un puente o un sembradío, mientras la lluvia vuelve a golpear el techo de calamina y el río, a pocos metros, recuerda que todavía no ha dicho la última palabra.

