El 8 de noviembre, entre los acordes solemnes de la investidura presidencial, resonó un grito que atraviesa generaciones. Cuando el Regimiento Colorados de Bolivia saludó al nuevo presidente Rodrigo Paz y cerró su ceremonia con el histórico grito “¡Viva Bolivia, hacia el mar!”, no solo recuperaba una arenga que durante décadas ha resonado en los cuarteles y actos protocolares, sino que resucitaron la brújula moral del Estado.
Este grito que hoy nos estremece debe convertirse en más que emoción patriótica. La reintegración de nuestro litoral arrebatado exige una nueva arquitectura geoestratégica del servicio exterior boliviano. Necesitamos una política exterior tan constante como nuestra convicción, que transforme la reivindicación histórica en una diplomacia tangible.
La clave está en presentar nuestra causa no como un reclamo aislado, sino como un proyecto de integración regional. Imaginemos Bolivia como el eje integrador bioceánico que une prosperidades, donde los corredores y puertos soñados se conviertan en motores de comercio para toda Sudamérica. Esta visión geoeconómica puede construir los puentes que necesitamos.
Mientras, en el mundo interconectado, nuestra verdad debe circular con la fuerza de las corrientes marinas. Aunque los tribunales internacionales hayan cerrado una puerta, la historia nos abre un horizonte de posibilidades donde la perseverancia y la inteligencia estratégica pueden más que los fallos adversos.
El grito “¡hacia el mar!”, nos convoca a todos; diplomáticos, empresarios, historiadores, funcionarios públicos y privados, ciudadanía en general, a ser embajadores de una causa que late en el corazón de la patria. Mantengamos viva la arenga en el pecho mientras construimos los caminos que nos lleven al destino que nos pertenece. No descansaremos hasta que las olas del Pacífico vuelvan a resonar en las costas bolivianas, repitiendo sin cesar y a los cuatro vientos ¡Viva Bolivia, hacia el mar!
El autor es Abogado de Altos Estudios Nacionales en Seguridad, Defensa y Desarrollo.
