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El dinero que damos a los hijos

Ernesto González Valdés

En relación con la educación de los hijos y el dinero, suele darse el debate entre padres y madres que prefieren darles una mesada periódica, para que aprendan a administrarse, y los que defienden que darles tiene más inconvenientes que ventajas.
Éstos últimos prefieren crear un clima de confianza que permita que sus hijos les pidan dinero cuando crean necesitarlo. Por mi parte, aun admitiendo las dificultades que puede entrañar, defiendo que debemos darles una mesada adecuada, según su edad y madurez, teniendo en cuenta tanto la cantidad de dinero como su periodicidad. Con nuestra supervisión y orientación, la administración de la mesada se convertirá en un instrumento adecuado para su educación económica.
Además, me atrevo a subrayar que ese es un objetivo educativo importante. Pensemos que, si la educación que ofrecemos a nuestros hijos persigue, entre otras, lograr su integración social, difícilmente la conseguirán si no disponen de suficiente formación económica en una sociedad con notable componente consumista.
Pero, ¿basta con darles mesada para asegurar su educación? Evidentemente no. La cuestión es más compleja y será necesario prestar atención a algunos detalles que tendrán que ver con lo que queremos enseñarles del dinero, de cuánto dinero dispondrán, con qué periodicidad lo recibirán, qué gastos correrán por su cuenta, etc.
¿Qué cantidad de dinero entregamos? Un elemento para analizar es la edad. Estudios han demostrado que, entre los siete y los doce años, cuando ya el niño/niña, preadolescente, tiene una visión menos egocéntrica del mundo y es capaz de entender algunos razonamientos y de relacionar algunas consecuencias con sus causas. Es el momento para que descubra la relación del dinero con el trabajo y con el cuidado de las cosas.
Es necesario, además, afianzar si cuidan las cosas que usan, si evitan gastos innecesarios y si pueden dedicar el dinero a otras necesidades.
Es importante mantener algunas costumbres que podría haber adquirido en años anteriores. En concreto, vale la pena que disponga de una alcancía, donde pueda poner y extraer su dinero. Que no paguemos, los padres y madres, las compras que haga, sino que le demos una cantidad de dinero razonable y que, con nuestro asesoramiento, él o ella decida cuál de los posibles productos comprará. O también animarle y mantener la costumbre de hacer regalos y de dar una parte de su dinero a causas solidarias.
Pero hay que desarrollar costumbres nuevas y profundizar en su sentido. ¿Cuáles? Veamos: Hacia los siete u ocho años conviene explicarle que, a partir de este momento, como ya es “mayor”, ha de colaborar en algunos trabajos de la casa, igual que hacen sus padres y hermanos mayores.
Añadiremos que gracias al esfuerzo de todos, podemos prescindir total o parcialmente de la ayuda de una persona ajena para hacer esos trabajos y, con ello, dispondremos de una cierta cantidad de dinero para que cada uno gaste en lo que prefiera.

El autor es Licenciado en Ciencias Pedagógicas.

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