Por Susana Gutiérrez
En vísperas del Día de la Mujer Boliviana, que se celebra cada 11 de octubre, queremos destacar la trayectoria y el profesionalismo de una mujer que no solo brilla por su excelencia académica, sino también por su compromiso inquebrantable con la salud mental de la juventud: la psicóloga Jackeline Verónica Böhrt Chávez.
Jackeline Böhrt, fundadora de Seguir Psicología, es un ejemplo inspirador de liderazgo femenino y rigor científico en el campo de la psicología clínica. Su dedicación se evidencia desde sus años de formación, habiéndose graduado con Excelencia y el mayor promedio de la Universidad Católica Boliviana «San Pablo», méritos que reafirman su sólida base de conocimientos.
Profesionalismo y abordaje terapéutico con evidencia
Como Psicóloga Clínica y Psicoterapeuta independiente, Jackeline Böhrt ha especializado su práctica en la intervención terapéutica con enfoque Cognitivo Conductual (TCC) y Dialéctico Conductual (DBT), un marco de trabajo de vanguardia para la población infantojuvenil y adulta. Su experticia no solo se limita a la terapia individual, sino que se extiende a la elaboración de programas de Psicoeducación y formación en salud mental.
Su consultorio, Seguir Psicología, es un espacio creado para brindar apoyo terapéutico basado en la evidencia científica, reflejando su compromiso con un tratamiento eficaz y de alta calidad. Además, lidera un equipo en crecimiento compuesto por mujeres psicólogas, promoviendo el talento y la colaboración profesional femenina.
El trabajo de Jackeline Böhrt, caracterizado por su formación continua (con diplomados en TCC y DBT de Tercera Generación y una Maestría en curso en la Universidad de Salamanca) y su visión integradora, es un valioso aporte a la salud mental en Bolivia, demostrando que el rigor científico y el compromiso social van de la mano.
Una mirada clínica a la violencia adolescente
Böhrt Chávez ha dedicado parte de su trabajo a una problemática social urgente: la violencia en la adolescencia. En una entrevista con Femenina, ofrece un análisis profundo y con sustento clínico sobre este tema crucial, diferenciando la «conflictividad normal» de la verdadera violencia y exponiendo los factores de riesgo psicosocial en la juventud boliviana.
¿Cómo definiría y diferenciaría la violencia adolescente de la conflictividad normal de esta etapa de desarrollo?
La adolescencia como etapa de cambio y construcción, siempre va a traer preguntas, dudas, miedos y es un momento en la vida de todas las personas para, no solo utilizar las herramientas y habilidades que se han ido desarrollando a través del aprendizaje, sino para ir generando nuevas capacidades de afrontamiento, tolerancia al malestar, etc. todo eso genera que algunos adolescentes, al estar en construcción y estar intentando descifrar quiénes son y cómo son, tengan conductas medianamente disruptivas, sin embargo, hay una gran diferencia entre la impulsividad, el proceso de crear identidad y el tantear el terreno con adultos, pares, etc. y ejercer violencia sobre uno mismo o sobre otras personas, este tipo de conductas, responden más a una falta de habilidades, tanto de regulación emocional, como de eficacia interpersonal y de tolerancia al malestar, en la mayoría de casos.
Desde su perspectiva clínica, ¿cuáles considera que son los factores de riesgo psicosocial más críticos que están impulsando la violencia en la juventud boliviana actual? (Factores familiares, escolares, tecnológicos, etc.)
La violencia es un hecho multifactorial y bastante complejo, que no solo responde a un análisis psicológico, sin embargo, algunos factores de riesgo que podemos enmarcar, dentro de la psicología serían: por un lado, la falta de espacios de formación en habilidades de regulación emocional, negociación, comunicación y eficacia interpersonal, si bien inicia en el hogar, puede y debe potenciarse en ámbitos académicos, sin embargo, no contamos con programas de educación socioemocional y no solo en los estudiantes, sino que tampoco se tiene en los cuerpos docentes, por lo que enfrentamos el encuentro de estudiantes con dificultades en el desarrollo de estas habilidades, juntos a contextos complicados, con docentes con escasas herramientas para maniobrar. Por otro lado, contextos sociales y familiares que presentan alteraciones o dificultades debido a falta de límites, o de supervisión, exposición a dinámicas que ya tienen violencia, donde se aprende que a través de la agresión se resuelven conflictos, entre muchas otras. Es necesario tomar en cuenta, que a todo esto se suman problemas de otras áreas, por ejemplo, hechos de desigualdad, discriminación, modelos culturales, etc.
¿Cómo explica la conducta violenta en un adolescente? ¿Qué patrones de pensamiento o creencias erróneas suelen estar detrás de estos comportamientos?
Desde la perspectiva de la Terapia Cognitivo-Conductual, la conducta violenta en un adolescente no surge de manera espontánea, sino como el resultado de un conjunto de aprendizajes, pensamientos distorsionados y déficits en habilidades emocionales y sociales. Las conductas, están, según la TCC mediadas por cogniciones, es decir, por la manera en que la persona interpreta aquello que le pasa, o las situaciones en las que se encuentra. Las personas, que tienen respuestas conductuales que encajan dentro de la violencia, suelen tener esquemas cognitivos disfuncionales, es decir, creencias rígidas sobre sí mismos, los demás y el mundo, que se formaron a lo largo de su desarrollo y se fueron reforzando con su experiencia. Es decir, que en base a lo que viven, desarrollan pensamientos que no les permiten emitir conductas hábiles para responder a situaciones complicadas y se convierten en reglas automáticas. Ahora bien, los pensamientos o creencias que se presentan, son sumamente personales, pero pueden verse como “Si no me hago respetar, me van a pasar por encima” “A las personas buenas les va peor” “Ser fuerte, es demostrarle a los demás que estoy a cargo” “La gente solo entiende por las malas”, etc.
¿Cuál es el objetivo principal al aplicar la TCC en un adolescente con historial de violencia o agresión? ¿Qué tipo de habilidades se le enseña a manejar?
El abordaje desde la TCC, se centra en identificar y cuestionar esas creencias disfuncionales, enseñar estrategias de regulación emocional, y promover alternativas conductuales prosociales que también sean efectivas para alcanzar sus metas, pero sin recurrir a la violencia. Ahora bien, fuera de la TCC y dentro de la DBT, existen grupos de habilidades que se procura enseñar, estas incluyen las de regulación emocional, eficacia interpersonal, tolerancia al malestar, entre otros, que van a permitirnos, no solo entender las creencias de las personas, como el caso de la TCC, sino que tener un abordaje conductual eficiente, brindados conductas alternativas para la persona.
Su experiencia incluye la Terapia Dialéctico-Conductual (DBT). ¿En qué casos de violencia adolescente, o con qué tipo de perfil, la DBT resulta más efectiva que la TCC tradicional?
Si bien, ambos tipos de terapia tienen respaldo científico y son muy eficientes, mientras que la TCC tradicional se enfoca en identificar y modificar pensamientos distorsionados para generar cambios conductuales, la DBT añade un enfoque más profundo en la regulación emocional, la tolerancia al malestar y las habilidades interpersonales, aspectos que suelen estar gravemente afectados en adolescentes con comportamientos violentos reactivos. En mi experiencia clínica, la DBT es particularmente útil en jóvenes con alta reactividad emocional, dificultades para identificar y nombrar sus emociones, antecedentes de invalidación familiar o trauma, y patrones de conducta autodestructiva o explosiva (la terapia fue pensada para estos tipos de casos). Estos adolescentes no necesariamente presentan un razonamiento violento estructurado, sino que actúan impulsivamente ante emociones intensas de ira, frustración o vergüenza, sin herramientas para modularlas.
¿Podría darnos un ejemplo práctico de una habilidad de regulación emocional o de tolerancia al malestar que enseña a sus pacientes adolescentes para prevenir un brote de agresión?
Claro, sin embargo, es sumamente importante entender, que las habilidades que se entrenan en DBT son parte de un conjunto, con un orden y propósito específico, cuando las personas requieren de un proceso de psicoeducación y cuando hay una coherencia en el desarrollo de las misma, por lo que sí, saltamos directamente a aquellas relacionadas a la regulación emocional o tolerancia al malestar, pueden sentirse como complicadas o demasiado grandes. Por ejemplo, muchas de las estrategias requieren que el paciente ya pueda identificar las conductas meta a cambiar de forma específica o que tenga habilidad mindfull para actuar de forma consciente.
No obstante, dentro de lo que se puede, podemos probar con las estrategias de tolerancia al malestar llamadas T.I.P. (Se escribe con una sola P, pero incluye dos actividades):
Temperatura: Cambia la temperatura de tu cara, con agua fría o compresas de agua fría, mientras aguantas la respiración, para reducir la activación fisiológica, de forma momentánea, mientras se utiliza o se combina con más estrategias. (Esta estrategia debe realizarse con cuidado y no se recomienda cuando el paciente tiene problemas cardiacos)
Intensidad/ Ejercicio Intenso: El ejercicio intenso, de cualquier tipo, por unos 20 minutos, puede tener un efecto en el estado de ánimo de las personas, disminuye el afecto negativo y el pensamiento rumiante. Esta estrategia se utiliza en momentos específicos del día, cuando el pensamiento esté dando muchas vueltas, antes de tomar acción o antes de momentos gatillantes para la persona.
Pausa /Respiración Pausada Rítmica: Disminuir el ritmo de inhalación y exhalación, mediante respiración diafragmática
Paralelo/ Relajación muscular en Paralelo: Tensar grupos musculares, notando la sensación al respirar, para luego relajarlos, soltar la tensión de golpe y centrarse nuevamente en las sensaciones musculares, estando presente y plenamente consciente.
El trabajo con la familia es clave. ¿Cuál es el rol de los padres en sus programas de intervención? ¿Cuáles son las tres directrices más importantes que les da para manejar la agresividad en casa?
En el caso de que en la terapia se cuente con el apoyo familiar, que lastimosamente no siempre está presente, e incluso en muchos casos interfiere con la intervención, las directrices, van del lado conductual, se realiza un proceso de psicoeducación y se les pide nos brinden información sobre la cadena de conducta del adolescente, es decir, qué pasa antes y después de la conducta agresiva, se enseña a analizar este proceso de asociación entre hechos y se les da alternativas y tareas para que puedan ayudarnos en el proceso, cambiando reacciones e identificando patrones para quebrarlos. Asimismo, se hace un proceso de entrenamiento en habilidades socioemocionales, para promover respuestas asertivas, que permitan la expresión emocional, pero no la conducta problemática.
¿Qué temas o habilidades deben ser prioritarios en un programa preventivo dirigido a jóvenes en el entorno escolar para reducir la violencia?
En un programa preventivo, dirigido a jóvenes en el entorno escolar para reducir la violencia, las prioridades deberían centrarse en el desarrollo de las habilidades que mencionábamos anteriormente, aquellas de corte socioemocional y cognitivas que promuevan la autorregulación, la empatía y la resolución de conflictos.
Desde la Terapia Cognitivo-Conductual y la Terapia Dialéctico-Conductual, los temas prioritarios incluirían: Regulación emocional: enseñar a los jóvenes a identificar, comprender y modular sus emociones antes de que éstas deriven en conductas impulsivas o agresivas. Tolerancia al malestar: fomentar la capacidad de manejar la frustración, la vergüenza o el rechazo. Habilidades interpersonales y asertividad: enseñar a expresar desacuerdos, pedir ayuda y establecer límites sin recurrir a la agresión. Esto también incluye el aprendizaje de la validación mutua y la comunicación efectiva.
Es necesario tomar en cuenta, que fuera de estas existen más, pero que responderían más a un espacio terapéutico, como las de reestructuración cognitiva, para trabajar sobre creencias disfuncionales y buscar mayor flexibilidad cognitiva o las de Minfulness y autoconciencia, como herramienta para detectar señales tempranas de enojo, ansiedad, etc. y responder de forma consciente y no impulsiva.
Se habla mucho de la violencia digital (cyberbullying). ¿Cómo ha impactado el uso de redes sociales en la manifestación de la agresividad adolescente y qué consejos psicoeducativos ofrece al respecto?
Dentro de lo mencionado anteriormente sobre la violencia, en el caso específico del ciberacoso se suman factores particulares que amplifican su impacto, como el anonimato, la ausencia de consecuencias directas y la inmediatez del desahogo emocional. En esencia, la mayoría de las conductas violentas responden a la falta de habilidades socioemocionales y a los patrones cognitivos y conductuales disfuncionales previamente descritos; sin embargo, cuando la agresión ocurre en un entorno digital, mediado por una pantalla, estos factores se intensifican. Por un lado, el adolescente puede liberar su enojo de forma inmediata, lo que genera una sensación momentánea de alivio, pero también refuerza el ciclo de la ira: al escribir o publicar sobre aquello que le molesta, re experimenta la emoción una y otra vez, quedando finalmente más alterado. Al mismo tiempo, la distancia digital impide percibir el daño real que causa, ya que no observa la reacción ni el sufrimiento de la otra persona, lo que reduce la empatía y desinhibe la conducta agresiva. A ello se suma la posibilidad del anonimato, que elimina o diluye las consecuencias sociales de sus actos.
En conjunto, estos elementos potencian los niveles de agresividad en el ámbito digital y dificultan el autocontrol. En tales casos, el abordaje más adecuado consiste en visibilizar el daño causado, promover la empatía y ofrecer alternativas conductuales adaptativas, enseñando al adolescente a gestionar sus emociones de una manera más consciente y constructiva.
¿Qué indicadores deberían alertar a un profesor o a un padre sobre la necesidad urgente de buscar ayuda psicológica para un adolescente que está empezando a mostrar conductas violentas?
Existen varios indicadores que deberían alertar a padres o profesores sobre la necesidad urgente de buscar ayuda psicológica en un adolescente que comienza a mostrar conductas violentas. Más allá de un episodio aislado, la señal de alarma aparece cuando la violencia se vuelve frecuente, intensa o desproporcionada frente a la situación que la desencadena. Algunos indicadores clave incluyen: 1. Escalada en la intensidad o frecuencia de la agresión: cuando los arrebatos de enojo pasan de discusiones verbales a golpes, amenazas, daño a objetos o crueldad hacia animales. 2. Pérdida de control emocional: dificultad para calmarse después de un conflicto, sensación de “no poder parar” o episodios de ira que el adolescente luego no recuerda con claridad. 3. Cambios significativos en el comportamiento general: aislamiento, alteraciones en el sueño o el apetito, bajo rendimiento escolar, irritabilidad constante o desinterés por actividades que antes disfrutaba. 4. Presencia de pensamientos hostiles o justificativos de la violencia: frases como “ellos se lo buscaron”, “nadie me respeta si no me hago respetar”, o “no me importa lo que pase”. Estas verbalizaciones reflejan distorsiones cognitivas que perpetúan la agresión. 5. Dificultad para sentir culpa o empatía: no reconocer el daño causado o mostrarse indiferente ante las consecuencias de sus actos.
¿Qué mensaje daría a los padres, educadores y a la sociedad en general sobre cómo podemos abordar de manera más efectiva y empática la problemática de la violencia adolescente?
El mensaje que dejaría es que, para abordar la problemática de la violencia en la adolescencia, un buen punto de partida es trabajar con los adultos que rodean al joven. Si bien aún queda mucho por hacer en la intervención directa con los adolescentes, no podemos ignorar el contexto en el que se desarrollan ni a las figuras que modelan sus conductas. Necesitamos un abordaje integral, en el que no sea únicamente el adolescente quien deba cambiar, sino también los adultos que lo acompañan. Es fundamental que nos cuestionemos cómo reforzamos, muchas veces sin querer, las conductas violentas, y cómo gestionamos nuestras propias emociones, para poder brindar un apoyo coherente y saludable. De poco sirve llenar al adolescente de teoría o de habilidades socioemocionales si, al intentar aplicarlas, se encuentra con un entorno que invalida sus esfuerzos: una familia que le dice “no es para tanto” o “así eres, violento, no hay de otra”, o una institución educativa que no valida la expresión emocional y aborda los conflictos de forma superficial, enfrentando a víctimas y agresores con la expectativa de que un simple apretón de manos resuelva el problema.
La violencia es un fenómeno complejo que no puede comprenderse ni transformarse atendiendo solo a una de sus partes. Los seres humanos somos interdependientes; nos influenciamos constantemente unos a otros. Por eso, prevenir y reducir la violencia implica también revisar nuestras propias prácticas, actitudes y respuestas emocionales como adultos. Finalmente, es importante recordar que el cambio es un proceso: los adolescentes que deciden afrontarlo necesitan acompañamiento, comprensión y tiempo. Nuestro rol como adultos debe ser el de facilitar ese proceso, no obstaculizarlo.
