Los aspectos más importantes de la democracia son la negociación de puntos divergentes para fines comunes, la comunicación (Habermas), el respeto al proyecto del Otro y sus particularidades y la toma de decisiones conjuntas para beneficio común. En síntesis, los juegos de win-win, aquellos escenarios donde todos ganan, o al menos nadie lo pierde todo. Los juegos de suma cero, aquellos en donde solo uno gana y el otro pierde todo, son totalitarios y antidemocráticos.
Una sociedad es un tejido de individuos, pero éstos no se individualizan solos, sino en una comunidad y en su relacionamiento perpetuo con el Otro. Ese proceso se da cuando su núcleo social más próximo y natural, la familia, funciona adecuadamente. No hablamos de perfección, sino de un núcleo social que establece normas y, en el marco del amor, educa a sus integrantes (ciudadanos). El núcleo familiar —sea este monoparental, biparental, extenso, reconstituido u otros más— al ser un espacio de convivencia social, promueve los valores de la aceptación del Otro y la negociación, además de ser lugar de arropamiento y pertenencia.
Es por eso que un núcleo familiar es la unidad básica de una sociedad democrática; lo es mucho más que el individuo como tal, ya que sin aquel no existe éste. De esta manera, se puede decir que las ideologías o gobiernos que siembran ideas cuyo fin es quebrar el núcleo familiar, atentan contra la democracia y las buenas costumbres. ¿No hay una familia “biológica”, “universal” y válida para todas las sociedades y todos los contextos? Puede ser que no, porque los modelos y los tiempos son cambiantes, la vida es sinuosa y hay circunstancias que pueden modificar aquel molde de la familia que se considera “tradicional”; no obstante, arremeter contra el núcleo social que, siempre que funcione relativamente bien, es primera escuela del individuo y lo forma en valores para la ciudadanía, no puede ser más que destructivo.
Las ideas del feminismo extremista, por ejemplo, han creado la idea de que subvertir los valores de una familia “tradicional” es una de las maneras con la que una mujer puede liberarse, cuando ello no genera sino un estado de aislamiento, además de quebrar vínculos con el Otro y deteriorar climas microsociales de negociación para la resolución de divergencias. Si bien el “marxismo cultural” es una teoría conspirativa que carece de fundamento empírico y racional y está enarbolada por sectores de derecha extrema para denunciar todo aquello que no es de su agrado, lo cierto es que los gobiernos izquierdistas han ido difundiendo ideas e implementando políticas públicas que fueron socavando los fundamentos de la familia.
En Bolivia, durante los años del llamado “Proceso de cambio” se hizo lo propio. No se trata de regresar a épocas en las que la intolerancia religiosa jugaba un rol preponderantemente negativo en las sociedades o en el gobierno, ni de instrumentalizar las ideas de la familia o el cristianismo, sino de rescatar aquellos lazos familiares que hacen que una sociedad sea más consciente de lo que vale vivir en plenitud, aquel núcleo primigenio e íntimo llamado familia.
El núcleo familiar como espacio de la democracia
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