Hoy Bolivia vota, hoy Bolivia elige. Se trata de una de las elecciones más importantes de los últimos 40 años, pues pocas veces como ahora se decidieron cosas tan importantes como son la supervivencia del Estado de Derecho y la democracia. Es verdad que el nuevo gobierno tendrá que poner como prioridad de su gestión el asunto de la economía, que está tan mal por obra de 20 años de socialismo, pero acaso más importante que la economía será la supervivencia del Estado con sistema democrático, a saber, de un país en el que impera la ley, hay poderes independientes, coordinados entre sí; existe una justicia independiente y hay libertad de expresión. Y es que, sin todas estas condiciones, no habrá economía. Por ello, el elector y el nuevo régimen deben saber que primero está la democracia y la libertad, luego la recuperación económica.
A lo largo de estas últimas semanas, los bolivianos hemos sido testigos de una campaña electoral frenética y, en muchos casos, llena de guerra sucia. Abundaron los apodos, las mentiras y los insultos, degradando el nivel de confrontación que debería primar entre los aspirantes a la Presidencia, la Vicepresidencia y las cámaras. Paralelamente, a través de redes sociales, el diálogo ciudadano –sobre todo de analistas, periodistas o líderes de opinión en general– acompañó a los asuntos más candentes de la agenda y se corrió la voz para que se tuviera cuidado en el control del voto, sobre todo teniendo en cuenta el fraude electoral que se registró en octubre de 2019, cuando el TREP fue interrumpido abruptamente.
Cabe mencionar que el OEP hizo las respectivas capacitaciones a los jurados electorales, tras lo cual hubo algunas quejas de internautas, quienes indicaron que aquellas habían sido exprés y sin profundizar en ciertos detalles no poco relevantes, como el llenado de las actas, que se hace de forma manual… En muchos países de la región, el llenado de actas es manual también, pero en Bolivia resulta siendo un procedimiento mucho más arcaico y frágil, teniendo en cuenta la escasa formación política que poseen los ciudadanos en general y que las capacitaciones para jurados electorales fueron muy elementales. A eso se puede añadir que países como Brasil o Argentina, entre otros, han implementado desde hace ya algunos años mecanismos de votación electrónica, para contar con procesos electorales más transparentes y seguros o para reducir el tiempo que se requiere en el escrutinio, sin que ello signifique que aquellos mecanismos no tengan sus propios inconvenientes.
De todas maneras, el boliviano medio parece ser ahora más celoso de su voto, de su voluntad plasmada en la papeleta. No es de extrañar que miles de jóvenes y adultos acudan hoy a sus mesas de sufragio para hacer control electoral en el momento del conteo de votos y el escrutinio de actas.
Bolivia define su futuro. Miles y acaso millones de bolivianos dependerán de lo que haga o no haga el Gobierno nacional en los siguientes años, pues la falta de oportunidades y de libertad de expresión podría hacer que la emigración se vuelva más masiva en el futuro. Que Bolivia vote con la cabeza, no con el corazón.
Bolivia vota y decide su futuro
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