Defender la libertad no significa en absoluto criticar únicamente a las izquierdas (el estatismo, la igualdad de facto o la regulación del mercado), sino atacar cualquier arremetida contra la propiedad privada, la vida del ser humano o la libertad que todos tenemos para decidir sobre nuestro propio proyecto de vida. Y contra estos factores, indispensables para una vida colectiva e individual civilizada, no solo han arremetido en la historia los regímenes de izquierdas, sino también los de derechas extremas o desviadas. A saber, para hablar solamente de los más conocidos, el de Hitler o el de Mussolini, entre muchos más.
La experiencia mundial nos dice que la reelección indefinida es una dictadura con barniz de democracia. De hecho, en varios lugares del mundo ya existen este tipo de “democracias”, donde el sistema democrático está pulverizado y los poderes del Estado son controlados por un solo partido o por un caudillo todopoderoso. Evo Morales quiso la reelección indefinida aquí, en Bolivia, pero la población no se la dejó. Recordemos que en 2016 hizo un referéndum para modificar el artículo 168 de la CPE, que le prohibía postularse nuevamente en las elecciones generales, luego del cual se siguió empecinando y desencadenó los hechos trágicos de 2019.
Realmente no tiene sentido, desde una mirada estrictamente democrática y de Estado de derecho, que un solo hombre se elija y reelija sin limitaciones, pues, como decía Simón Bolívar, cuando eso pasa el caudillo o autócrata se acostumbra a mandar y el pueblo, a obedecer, creándose el ambiente adecuado para la tiranía y la supresión de la libertad colectiva e individual. Incluso el hombre más virtuoso o el estadista con más cualidades se puede corromper estando en el poder por periodos muy prolongados; la democracia hace que aquel poder sea solo temporario.
Hace solo unos días, se aprobó en El Salvador la reelección indefinida… El oficialismo salvadoreño justificó la arremetida contra la democracia alegando que se le estaba “devolviendo el poder al pueblo”, como suelen decir los regímenes populistas, sean de izquierdas o de derechas. No obstante, lo cierto es que, como ya lo dijo alguna organización de defensa de derechos humanos crítica del régimen de Bukele, con aquello se le dio el tiro de gracia a la democracia en el país caribeño. ¿Es que los salvadoreños no tienen a nadie más por quién votar? ¿Por qué esa funesta manía de fomentar el culto de la personalidad o de crear caudillos mesiánicos?
Defender las ideas de la libertad y la democracia va más allá, mucho más allá, de criticar a los regímenes de izquierda; tiene que ver con una coherencia que se manifiesta en la crítica a todo intento totalitario o autoritario, venga de donde venga. No se puede condenar las tropelías de Maduro, Ortega y Evo Morales solamente, y no las de un Bukele o las de un Trump. Y si bien puede ser cierto que son los regímenes de izquierdas y “revolucionarios” los más autoritarios, las derechas, sobre todo cuando son o se vuelven populistas, no están libres de ser antidemocráticas y autoritarias. Y este es precisa y lamentablemente el caso de El Salvador y de Bukele.
