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El hombre de unidad

Severo Cruz Selaez

Jamás ha existido el hombre de unidad ni existirá en el venidero. Es peor en una coyuntura electoral, donde proliferan ideas y visiones dispares. Ni en la época de las transformaciones más profundas y significativas de 1952 hubo tal cosa. Unos comulgaban con dichas medidas y otros se oponían a ellas. El país siempre estuvo al borde del precipicio, por la división y confrontación interna. Mentira que haya surgido ahora, al calor de las elecciones, el hombre de unidad, con capacidad para restañar heridas políticas. Existen ahora personajes y grupos encontrados, enfrascados en peleas infructuosas, ignorando, inclusive, que el país es golpeado por la crisis económica, que generaron los gobiernos de turno, de tinte socialista.
Ni la izquierda ni la derecha tuvo un elemento con vocación unitaria, al servicio exclusivo de los objetivos de la nación. Intereses creados desvirtuaron esa posibilidad. Probablemente hubo, en este marco, inquietudes con tendencia a lograr coincidencias. Pero solo se buscaba cotejar programas y proyectos afines, sin haber suscrito acuerdos para construir unidad. Puntos de coincidencia que no llegaron a articularse, tal como se hubiera deseado, en una sólida y única señal. Ello siempre ha ocurrido en democracia y dictadura.
Las diferencias ideológicas, étnicas, regionales y económicas, se interpusieron en el camino de la búsqueda de unidad. El divisionismo siempre ha quebrantado ese histórico propósito. De ahí que el país caminó de tumbo en tumbo, sin un norte definido. Posponiendo sus objetivos de desarrollo sostenible. No hubo una figura con mentalidad, con fuerza y decisión, para anteponer las expectativas de unidad nacional, que tanto anheló la población boliviana. La historia puede ilustrarnos al respecto.
No basta que el hombre de unidad sea carismático, sino que conozca en profundidad la idiosincrasia del pueblo. Las clases sociales y la composición étnico – racial. No basta que sea teórico, sino práctico a toda prueba. Debe, en consecuencia, despojarse de su soberbia y caminar junto al ciudadano de a pie, a fin de compenetrarse de sus sueños y realidades. Promocionar la pacificación y no la violencia. Jamás promover el derramamiento de sangre ni tratar de apilar cadáveres tan solo movido por la angurria de poder. Buscar el abaratamiento de la canasta familiar. Deponer ambiciones transitorias y priorizar el bienestar social. Estrechar el acercamiento verdadero y de trabajo conjunto de privados y públicos. Profundizar el proyecto relativo a la construcción de un país progresista, fuerte y respetado, en Sudamérica. Dejar de lado, asimismo, los apetitos personales, como señal de desprendimiento y desinterés, al servicio de la Patria y del pueblo boliviano. Sea joven o mayor, tendría que trabajar, con denuedo, en función de la Patria Grande y jamás en función del bolsillo. Debe actuar fortaleciendo la democracia, con libertad plena.
En suma: ojalá algún día surja el hombre de unidad, para construir un futuro mejor.

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