Eran tiempos mozos, tiempos de amores enmarañados, eran tiempos de universidad cuando la vi por primera vez, desde entonces supe que jamás me olvidaría de la Ciudad Blanca. La vi, a través de los ojos de una hermosa chuquisaqueña, una caprichosa coincidencia que en su tierra es conocida como “Flor de Chuquisaca”, o como yo la llamo “La mujer ciudad”.
“La mujer ciudad”, es una fémina que representa la belleza de la urbe, pero al mismo tiempo, es una urbe que recuerda la belleza de la fémina; es decir, una amalgama de rasgos y de emociones suscitadas, abrasadas por el fuego de un amor visceral, imposible de olvidar debido a la vocación poética, hasta tal punto que ya no se puede separar una de la otra.
Cuando pienso en Chuquisaca, inmediatamente pienso en ella, y cuando pienso en ella, pienso en la Capital. Esa arquitectura colonial de color blanco inmaculado me recuerda a su sonrisa, el cielo de aquellas noches cerradas son como su cabellera negra, y ese grupo de aves que surca el horizonte, es igual a la bandada que pasea por su cabecita insensata.
Las calles que conducen al Mirador de la Recoleta me recuerdan a su figura esbelta, el Sica Sica y el Churuquella son como su pecho que guarda los latidos de su corazón. La Plaza de Armas es como su vientre: una fuente inagotable de vida, las huellas de dinosaurios en Cal Orck’o, se parecen a los tatuajes armoniosos que están sobre su piel.
Porque pasar tiempo con ella, era aprender de su independencia, conquistada sobre la base de mucho sacrificio; la misma independencia que se afianzó en la Casa de la Libertad, y que hoy en día enorgullece al pueblo chuquisaqueño. Porque pasar tiempo con ella, era comprender que su compañía es preciada, como las bolivianitas que se exhiben en el Museo del Tesoro.
Porque verla en su esplendor, era como disfrutar de la vista en la azotea del Convento de San Felipe de Neri, una declaración de poder, donde se aprecia un panorama estimulante. Porque verla en su esplendor, era como degustar un café en lo más alto de la torre de la Iglesia San Miguel, una actividad que se goza en plenitud con la entrega de los viajeros.
Bella, impredecible, seductora; así es ella, y así también es la Culta Charcas, y aunque constantemente ande en conflicto con su sangre española, al final sabe apreciar su origen y acepta su pasado. Espero visitarla pronto, para rememorar los años en que sostenía mi ánimo, para despejar las dudas que acechan mi camino; mientras tanto, sobreviviré con el perfume de sus caricias, así como dice la canción.
El autor es Comunicador, poeta, artista.
