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Ni fechas ni plazos

Severo Cruz Selaez

Observamos un proceso electoral muy complicado, con sectores políticos fraccionados, desde la derecha a la izquierda. Con ofertas electorales inverosímiles, en una coyuntura de crisis económica. Cuando la población vive pendiente del costo de la canasta familiar. Con algunas intenciones de paralizar las elecciones generales. Con el canibalismo dentro de la clase política. Corroídos sus protagonistas, por el odio y la revancha, con casi actitudes irracionales. Parece que la desesperación nubla el raciocinio. La competencia en política siempre ha sido cruel y sucia. Vivimos ahora momentos electorales de “sacarse los ojos”, en una época plagada por intereses particulares.
No es necesario señalar, en consecuencia, fechas ni plazos para salvar a Bolivia de la hecatombe. La situación económica es tan adversa y escuchamos ofertas electorales incoherentes con esa realidad. La ciudadanía está muy politizada hoy. Lo propio los jóvenes, mediante las redes sociales. Nadie podrá “vender gato por liebre”, ciertamente.
Para una transformación nacional, se requerirá, básicamente, estabilidad económica, que permita producir, exportar y atraer dólares, que ahora nos hacen falta para adquirir suficientes combustibles. Una situación que arrastramos desde que se redujeron a niveles mínimos los ingresos por exportación gasífera. Y en una época de vacas flacas, el problema se agrava, con la consiguiente elevación del costo de la canasta familiar.
Recordemos que la crisis económica fue el principio del fin de un gobierno populista que surgió tras el restablecimiento del sistema democrático. Que se propuso, entonces, acabar con la adversidad económica, en determinados días, pero fracasó, rotundamente, por la complejidad del asunto. Había perdido, por ese hecho, credibilidad, en el interior y exterior del país. Los sectores sociales que lo respaldaban masivamente se desilusionaron y se alejaron. Había perdido las bases de sustentación. La turba, representada por los grupos denominados sindicalistas, entró, inclusive, al Palacio de Gobierno, para increpar al dignatario de Estado, con palabras soeces, que lastimaban la alta investidura. La crisis económica siempre ha pasado su factura en la actividad política.
El descontento social es un signo inequívoco del desgaste de un régimen que pospuso las soluciones en materia económica. La población no pudo ajustarse los cinturones, por más tiempo, tal como hemos visto, ante una situación de austeridad, que profundizó la pobreza y extrema pobreza. Mientras los políticos, que fungían de “salvadores” del país, amasaron fortunas, en detrimento de las aspiraciones de mejores días, de los más.
En suma: los bolivianos y bolivianas, en edad de concurrir a las urnas electorales, esperan escuchar propuestas serias, responsables y realizables. Y de ninguna manera insultos ni descalificaciones. Las baladronadas no tienen sentido ni gozan de la aceptación ciudadana. Solo son señales de desesperación y frustración.

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