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Libro: “Cuidar del fuego”

Raúl Alberto Quispe Catacora

Caminar a pie, dar vueltas y vueltas por tantas calles conocidas y desconocidas, deambulando por noches enteras; componiendo poesías para agrado y desagrado de circunstanciales aficionados a la literatura: los lustras, transportistas y alcohólicos anónimos; vida nocturna que desarrollaba Jaime Sáenz, en la ciudad de La Paz, está descrito en el libro: “Cuidar del fuego” (2023), escrito por Christian Jiménez Kanahuaty. En la contratapa se lee: “Es una novela con poema… el retrato de una generación que ligada a la creación también imaginó un mundo distinto. La novela transcurre en La Paz y convoca en sus páginas a una serie de personas reales e imaginarias que dan cuenta del vértigo que se vivía a finales de los años setenta…”.

En sus tiempos libres: Sáenz, componía acompañado con una taza de té, gratamente servida por su hermosa tía; poesías en completo silencio y concentración. Concluida la composición abandonaba su casa, para luego salir a caminar y caminar por las calles de la ciudad en busca de sus amigos noctámbulos, con quienes se mandaba amanecidas al calor de las fogatas incipientemente instaladas, para declamar poesías compuestas por un poco de comida y trago.

En una parte de la novela, dice: “Dejar la casa y entrar en la noche; quien me vea pensará que no duermo, que soy un fantasma, y mientras tanto la obra puede esperar; quien espera no muere…”. Además, pensó en romper el poema tras sacarlo de la máquina. Sabía que, si lo mantenía vivo, no le quedaría más remedio que crear para él una continuidad y ciertamente no sabía si estaba en condiciones para hacerlo. Cierto era que ya no bebía y que había ganado peso desde la última vez. Pero incluso su mente se resistía al embarazo de una nueva obra. Sabía con perfecta tentación que el camino podría ser largo o corto, eso no importaba; lo que llamaba su atención era la certeza de que aquella vez su cuerpo estaría mucho más dispuesto a irse por las ramas de la locura. Ya le había pasado en otra ocasión, pero fue muy al principio de la labor creadora, así que puso todo a buen recaudo y en la distancia se limitó a deambular por la noche…” (pág. 14).

Sáenz, bohemio noctámbulo tenía una concepción clara y definida: “La poesía es una manifestación del alma”. Y, remataba con sencillez: “Quien no tiene alma, difícilmente puede escribir poesía…”. Además, diferenciaba escribir poemas y poesía. De este último afirmaba: “Escribir poesía era muy duro, muy difícil porque existe cierto sentido en el ritmo, en la figura y en la metáfora” Y, argumentaba: “Para escribir poesía hay que pensar que, dentro de cada uno, hay maneras de ver el mundo. Instantes en los que el mundo se nos aparece como verdadero. Y no como una ilusión” (pág. 22).

Indudablemente, como docente universitario fue un gran maestro de la poesía y la escritura de novelas tradicionalistas de su ciudad que, le cobijó en su seno en tardes desoladas, noches de tertulia literaria; acompañado del té y mates de la tía, que no le tenía miedo, porque sabía que se estaban quedando solos. Los demás familiares, le tenían terror y miedo al acercarse para entablar una conversación amena muy familiar. Eso seguramente por el carácter duro, incomprendido que poseía en su soledad y vida de forjador del fuego de la poesía rebelde del autor. Por ello, las generaciones actuales, tenemos la misión de aprender con voluntad, tenacidad y constancia poesías que componía Sáenz.

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