Luego de un prolongado descanso, vuelvo a levantar mi pluma con motivo del año bicentenario de nuestra adorada patria; como escritor y sobre todo como amante de Bolivia, me veo en la necesidad de rendir tributo a través de mi sentir, será mi manera de homenajear a cada uno de los departamentos que integran este hermoso país, y qué mejor que empezar por la capital del folklore boliviano.
Lo que me pasa con Oruro es idílico, es un amor tan puro que nace del vínculo entre una abuela y su nieto. Mi abuela Blanca Encinas Bellot —mamá Blanca como yo le decía—, era una orureña orgullosa de sus raíces, hija del gran poeta y autor de la letra del himno a Oruro, don José Encinas Nieto, me infundió un amor inconmensurable, pues no hubo un solo día en que dejó de hablar de su tierra.
Hincha del Club Deportivo San José; el verdadero Santo, tenía una pasión extraordinaria por Oruro y sus costumbres, por su Carnaval y sus danzas, en casa siempre existió un lazo inquebrantable con el pueblo orureño. Crecí escuchando las historias que mi abuela contaba, degustando galletas de chuño, leyendo los poemas de mi bisabuelo, admirando las máscaras de la Diablada.
Esas máscaras hechas con mucho esmero por nuestros compatriotas, representan la fe y la devoción de su pueblo, desde las caretas de yeso hasta las de fibra de vidrio, todas están fabricadas con una maestría inigualable; el orureño respira arte, esto se ve reflejado en los bordadores y los careteros, pilares fundamentales del reconocimiento mundial que goza Bolivia con el Carnaval de Oruro.
Los diferentes modelos de caretas, con sus adornos de fantasía, sus ojos de bombilla, y sus cuernos de hojalata; esos trajes coloridos perfectamente combinados, llenos de bordados artesanales con formas reptilianas; la destreza de los bailarines, con sus saltos enérgicos que acompañan esa singular tonada, fueron la inspiración de un niño que se identificó con la cultura de sus antecesores.
Así nació mi fascinación por la figura del diablo —sin mencionar que nuestro mejor jugador de fútbol es conocido por ese sobrenombre—, comencé a leer cualquier libro que tenga relación con aquel personaje, como la biblia “Reina-Valera”, “La Divina Comedia”, “Fausto”, hasta llegar a nuestra mitología, donde encontré leyendas acerca de dioses que desconocemos o se desvanecieron al combinarse con otras religiones.
Fue así como descubrí las figuras de Huari y Supay, dos deidades que protagonizaron una batalla cultural hace mucho tiempo; para los Urus el dios Huari regía el fuego dentro de los cerros, mientras que para los Incas el dios del inframundo y de la muerte era Supay, cuando los Incas expandieron su imperio, quisieron imponer su cultura a los Urus, mediante su lengua y sus dioses.
Con la llegada de los españoles, se demonizó por completo la naturaleza de Supay, de ser un dios neutral que convivía en equilibrio, pasó a ser una deidad enteramente maligna. Se dice que, en la época colonial el mito del Tío cobró relevancia, pues según la religión católica el diablo fue exiliado por su dios al subsuelo; convirtiéndose así, en lo que ahora conocemos como la deidad de los mineros.
Cabe mencionar que sobre este tema existen diferentes teorías, en mi opinión es la más congruente, ya que es bien sabido que las festividades de Bolivia son producto de la unión de diferentes creencias; es impactante ver cómo personajes diabólicos ingresan de rodillas a la iglesia, en busca del perdón de la Virgen del Socavón, “Patrona del Folklore Nacional”, un claro ejemplo de sincretismo.
Por esa eterna devoción que tengo a nuestra cultura, hago un llamado a todos los bolivianos que, como yo, se encuentran molestos por la burda imitación de los colindantes. Preservemos el legado de nuestros antepasados, hagamos honor al lema nacional: “La unión es la fuerza”; mediante publicaciones constantes en redes sociales, denunciemos el plagio y ratifiquemos al mundo entero que esas danzas son 100% bolivianas.
El autor es Comunicador, poeta, artista.
