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La mentalidad del mafioso

Ciro Añez Núñez

El problema más grave de la corrupción surge cuando deja de ser censurada y se convierte en una forma de pensar socialmente aceptada. Esa es la mentalidad mafiosa: justificar la ilegalidad, despreciar la honestidad y creer que el dinero o la influencia pueden borrar cualquier responsabilidad.
Desde esa lógica, quien engaña, soborna, falsifica o se enriquece ilícitamente no se considera delincuente, sino astuto y exitoso. En cambio, quien cumple las normas parece ingenuo. Así, la trampa se disfraza de viveza y la deshonestidad pretende pasar por inteligencia. Lo importante sería conseguir resultados, sin importar los medios ni el daño causado. La justicia se considera un obstáculo neutralizable con dinero, contactos o presiones.
La impunidad alimenta esa percepción. Si una investigación fracasa por negligencia, deficiencias institucionales o corrupción, algunos interpretan el resultado como prueba de superioridad. Pero una denuncia no demuestra culpabilidad y una absolución debe respetarse; del mismo modo, que un proceso no termine en condena no permite afirmar automáticamente que nada ocurrió. El Estado de Derecho exige presunción de inocencia, debido proceso e investigaciones independientes y eficaces.
Cuando la justicia es percibida como comprable, las víctimas pierden esperanza de reparación, la confianza pública se deteriora y quienes cumplen la ley sienten que compiten en desventaja. La sociedad recibe un mensaje perverso: no importa hacer lo correcto, sino conseguir lo deseado y evitar las consecuencias.
Esta mentalidad prospera en una incultura que admira la riqueza sin preguntar por su origen y celebra el poder sin examinar cómo se obtuvo. No se trata de sospechar de quien prospera: el dinero puede provenir del trabajo y la inversión legítima. La cuestión es cómo se consigue. Ningún automóvil de lujo, residencia costosa o cargo acredita por sí mismo integridad ni calidad humana.
El hogar es uno de los primeros espacios de aprendizaje ético. Los hijos observan más los actos que los discursos. Si un adulto predica honestidad, pero soborna para evitar una multa, celebra que se copie en un examen o justifica quedarse con lo ajeno, enseña que las reglas solo se cumplen cuando convienen. Su ejemplo importa, aunque no sea la única influencia.
Por eso, la respuesta no puede limitarse a aumentar penas, aprobar leyes o multiplicar campañas. Las sanciones son necesarias, pero la prevención exige coherencia. Falsificar documentos, engañar a un cliente o pagar un soborno no son muestras de viveza. También debemos redefinir el éxito: la valía de una persona no depende de la riqueza que exhibe. El esfuerzo, la responsabilidad, la honestidad y el cumplimiento de la palabra merecen reconocimiento.
La transformación cultural compromete a familias, escuelas, empresas, medios e instituciones públicas. La ciudadanía debe exigir transparencia y denunciar responsablemente, sin condenar anticipadamente. Las instituciones deben garantizar controles efectivos, rendición de cuentas, consecuencias oportunas y protección a quienes denuncian. No se puede exigir honestidad mientras la contratación pública, la fiscalización o la justicia sean percibidas como espacios manipulables. Se necesitan convicciones personales y sistemas que reduzcan las oportunidades de corrupción, para que delinquir no resulte más rentable que cumplir la ley.
Combatir la mentalidad mafiosa exige actuar simultáneamente sobre sus causas culturales y sus condiciones institucionales. No basta con condenar la corrupción si los procedimientos opacos, la discrecionalidad y la falta de controles permiten que siga siendo rentable. Por ello, es necesario digitalizar los procedimientos públicos, automatizar alertas, realizar auditorías aleatorias, separar las funciones de decisión y fiscalización, proteger a los denunciantes y recuperar los activos ilícitos, garantizando siempre el debido proceso.
Sin embargo, ningún control será suficiente mientras la sociedad continúe admirando la riqueza sin preguntar por su origen y considere la deshonestidad una muestra de astucia. La prevención comienza en la familia, se fortalece mediante la educación y debe encontrar respaldo en empresas responsables, medios críticos e instituciones transparentes. Se trata, en definitiva, de hacer que cumplir la ley sea más fácil, infringirla más difícil y la corrupción menos rentable, al tiempo que se recupera el valor social de la honestidad.
Una sociedad demuestra que está cambiando cuando deja de admirar a quien evade sus responsabilidades y reconoce a quien actúa con rectitud, incluso cuando hacerlo supone una desventaja. Porque el problema más profundo no es solamente que existan delincuentes, sino que la impunidad llegue a convertirlos en modelos de éxito.

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