Tras la detención preventiva del exfiscal general Roger Mariaca y otros funcionarios públicos –acusados por el Departamento de Estado de los EEUU–, por solicitar y aceptar sobornos para facilitar actividades vinculadas al narcotráfico; y después de los allanamientos y las investigaciones realizadas por las autoridades competentes, publicadas por los medios de comunicación nacionales y extranjeros, mostrando coimas y dineros recibidos en dólares americanos y moneda nacional; la mayoría de los políticos y el pueblo en general llegaron a concluir que la justicia está peor que antes, al imperar la injusticia y campear la corrupción con delincuentes impunes.
Tal realidad, les permitió darse cuenta que la administración de justicia no solo empeoró, sino que es intolerable. Indignados por ello, empezaron a gritar ¡hay que cambiar la justicia!, sugiriendo: dictar leyes y modificar la forma de elección de magistrados prevista en el Art. 182 de la Constitución Política del Estado, la selección de postulantes en los Colegios de Abogados, con la participación de las universidades para garantizar la meritocracia. Mientras la elección de los magistrados de la justicia la hagan los políticos, no cambiará ella, porque se sabe que la justicia está como está por culpa de los políticos.
La selección de postulantes referida, tampoco contribuiría al cambio, porque dichas instituciones académicas tienen indudable influencia política. La meritocracia evaluada por la cantidad de títulos profesionales resulta mala, porque se sabe que actualmente son obtenidos títulos inmerecidamente, como el de Doctor Honoris Causa. Lo correcto sería evaluar la producción de libros jurídicos con ideas propias y pensamiento crítico, no por compendiar Autos Supremos y Sentencias Constitucionales, pues no es mérito.
Es más, no puede haber meritocracia si los postulantes no tienen biblioteca ni leen libros, y solo ven en su celular el problema que tienen para salir de las dudas. En consecuencia, cambiando a los administradores de justicia por nuevos, es mentira que terminarán la injusticia y la corrupción judicial. Ya se dictaron leyes y realizaron Cumbres Judiciales para que los fiscales, jueces, vocales y magistrados cambien sus valores, su forma de ser y manera de hacer justicia; pero no cambiaron. ¿No les interesa ni conviene?
Lo importante y necesario para cambiar la justicia, consiste en cambiar la personalidad, temperamento y carácter de los administradores de justicia, para que sepan distinguir el bien del mal y no sean manipulados, lo cual es difícil, porque habría que estudiar y aplicar lo enseñado en “Las 5 teorías sobre la personalidad” de Sigmund Freud, y el “Hombre mediocre” de José Ingenieros. Por ello nadie plantea el tema. En conclusión, cambiar la justicia no es un problema de leyes ni meritocracia; es un problema generacional. Por lo menos requiere que dos generaciones pasen a mejor suerte con la bendición divina; después podría cambiar la justicia. Quizás esté equivocado, pero sé que es grave faltar a la confianza, “Grave est fidem fallere”.
Cambiar la justicia
Armando Aquino Huerta
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