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La educación que queremos comienza con nosotros

Reynaldo Quino Laura

A menudo escuchamos decir que la escuela es la base del progreso de un país. Sin embargo, hoy, en Bolivia, nos hemos acostumbrado a pedirle que resuelva problemas que no puede solucionar por sí sola, porque corresponden también a la familia y a la sociedad. Cuando éstas dejan de asumir su responsabilidad, comienza una de las principales dificultades de nuestra educación.
No podemos formar jóvenes fuertes, responsables y resilientes si les enseñamos a considerar cualquier incomodidad como una injusticia y cualquier límite establecido para su bien como una agresión. La educación se debilita cuando confundimos la disciplina con el castigo, la exigencia con el abuso y el esfuerzo con una opción, como si fuera posible aprender y crecer sin trabajo, constancia y perseverancia.
La escuela comenzó a perder parte de su autoridad legítima cuando la opinión profesional y la experiencia del maestro pasaron a tener menos valor que cualquier queja, incluso cuando ésta carece de fundamento. Actualmente, muchos docentes deben justificar constantemente sus decisiones pedagógicas, las normas que aplican y las calificaciones que asignan, mientras que la falta de compromiso de algunos estudiantes y familias rara vez recibe la misma atención.
Esta situación ha contribuido a invertir los roles dentro del sistema educativo: el maestro se convierte en un sospechoso permanente, las autoridades escolares deben tomar decisiones bajo presión y el estudiante corre el riesgo de ser considerado alguien que nunca se equivoca. Sin embargo, esta visión verdaderamente a nadie protege. Por el contrario, impedir que los estudiantes reconozcan sus errores, acepten correcciones y aprendan de las consecuencias de sus actos significa negarles herramientas fundamentales para afrontar los desafíos de la vida.
La educación fracasa cuando esperamos que la escuela resuelva por sí sola aquello que la familia y la sociedad han dejado de asumir. Por ello, es necesario recuperar el respeto hacia el maestro, fortalecer su autoridad pedagógica y promover una formación basada en derechos, deberes, disciplina, responsabilidad y esfuerzo. Educar no significa evitar toda dificultad, sino enseñar a enfrentarla con madurez, respeto y perseverancia.
La educación que queremos comienza cuando cada uno asume la responsabilidad que le corresponde. Solo mediante el compromiso conjunto de la familia, la escuela y la sociedad podremos formar personas autónomas, resilientes y preparadas para contribuir al progreso de Bolivia.

El autor es docente de Unidad Educativa.

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