La reciente visita del papa León XIV a Francia dejó una de esas imágenes que, más allá de su dimensión mediática, poseen un profundo significado espiritual: decenas de miles de jóvenes reunidos en torno a la fe, en una sociedad que durante décadas ha intentado relegar la experiencia religiosa al ámbito estrictamente privado. La presencia multitudinaria de más de 80.000 jóvenes constituye, por sí misma, un signo que merece ser contemplado con mayor profundidad. No se trata simplemente de una concentración de personas alrededor de una figura religiosa, sino de la manifestación de una realidad que el secularismo contemporáneo muchas veces parece olvidar: el ser humano continúa siendo un ser abierto a la trascendencia.
Francia representa, en buena medida, una de las expresiones más desarrolladas del laicismo occidental. La separación entre el Estado y la religión ha adquirido, en determinados sectores culturales, una dimensión que va más allá de la legítima neutralidad religiosa y puede terminar convirtiéndose en una especie de exclusión de lo religioso del espacio público. En este contexto, determinadas corrientes culturales contemporáneas, junto con nuevas referencias religiosas y sociales, han ido ocupando espacios que anteriormente estaban profundamente vinculados con la tradición cristiana europea.
El problema teológico no radica simplemente en que la sociedad cambie, sino en preguntarnos qué sucede cuando una cultura pierde progresivamente las categorías espirituales con las que durante siglos intentó responder a cuestiones fundamentales como la dignidad humana, la verdad, el bien, el mal, la vida y la muerte.
Por eso resulta particularmente significativo que, en medio de una cultura marcada por la secularización, la visita del papa León XIV haya despertado una movilización tan importante entre los jóvenes. Esto, naturalmente, no significa que Francia vaya a convertirse de la noche a la mañana en un nuevo baluarte del cristianismo, ni que las manifestaciones multitudinarias constituyan por sí mismas una renovación espiritual permanente. Sin embargo, sí permiten advertir algo esencial: la fe no ha desaparecido. Puede encontrarse debilitada institucionalmente, cuestionada culturalmente o relegada de determinados espacios públicos, pero continúa habitando la profundidad de muchas personas.
Por ello, resulta infructuoso pensar que basta con silenciar la voz de Dios para hacer desaparecer la cuestión religiosa. Las sociedades pueden cambiar el lenguaje, redefinir conceptos, sustituir determinadas referencias morales por otras y presentar determinadas opciones culturales como expresiones definitivas de libertad o progreso; pero ninguna construcción humana consigue responder completamente a la pregunta por el sentido último. El cristianismo, además, no se sostiene únicamente sobre un conjunto de normas morales, sino sobre la afirmación de que Dios ha entrado en la historia y ha salido al encuentro del ser humano en Jesucristo. La fe cristiana no proclama simplemente una idea sobre Dios: anuncia una presencia.
Dios continúa hablando en medio del bullicio de la historia. Quizás una de las paradojas de nuestro tiempo sea que nunca hemos tenido tantos medios para comunicarnos y, sin embargo, nos resulte cada vez más difícil escuchar. El ruido exterior puede terminar convirtiéndose en ruido interior, y en medio de esa saturación de voces la voz de Dios parece quedar relegada.
Pero el Dios cristiano no necesita imponerse mediante el estruendo. Su lógica es otra: se revela en la historia, en la conciencia, en la Palabra, en el rostro del otro y, de manera definitiva, en Cristo. Elías no encontró a Dios en el huracán, ni en el terremoto ni en el fuego, sino en el susurro de una brisa suave. También hoy Dios continúa saliendo al encuentro del ser humano allí donde éste se encuentra: en medio de sus búsquedas, de sus contradicciones, de su miseria y de su vacío. A lo mejor lo que ha cambiado no es la disposición de Dios para encontrarnos, sino nuestra disposición para escucharlo.
Quizás, finalmente, la Iglesia termine siendo aquello que el entonces cardenal Joseph Ratzinger, posteriormente papa Benedicto XVI, llegó a vislumbrar: una Iglesia más sencilla, más pequeña, despojada de determinados privilegios sociales y conformada por cristianos verdaderamente convencidos de aquello que creen. Y quizá esa aparente pérdida, lejos de constituir necesariamente una derrota, pueda convertirse en una oportunidad providencial para recuperar lo esencial. Una Iglesia menos preocupada por ser poderosa y más preocupada por ser santa; menos interesada en imponerse y más dispuesta a servir; menos dependiente de las estructuras y más arraigada en el Evangelio.
El autor es teólogo, escritor y educador.
