Existe una implacable relación de causa y efecto entre el declive educativo de un pueblo y la degradación de sus gobernantes. Un electorado despojado de pensamiento crítico y formación cívica se convierte en el caldo de cultivo ideal para el populismo y la demagogia. Cuando el sistema educativo es endeble y se reduce a la adoctrinación o a la mera alfabetización funcional, la sociedad civil pierde la capacidad de fiscalizar el poder. Entonces el resultado es un círculo vicioso: pueblos desinformados eligen líderes mediocres, y éstos, a su vez, precarizan aún más la educación para asegurar su permanencia.
Esta realidad salta a la vista al revisar la historia nacional. El Siglo XIX boliviano, recordado a menudo por su inestabilidad, albergó destellos de enorme dignidad institucional gracias a mandatarios de una talla ética excepcional. Hombres como Tomás Frías, Narciso Campero o Adolfo Ballivián encarnaron una visión de Estado donde la ley y la probidad moral estaban por encima del caudillismo. Eran gobernantes formados que respetaban las finanzas públicas y las libertades. Hoy, esa estirpe de estadistas parece una utopía inalcanzable, sepultada por décadas de desmantelamiento educativo que acostumbraron al país a aplaudir el abuso a cambio de prebendas.
¿Por qué ahora, cuando las comunicaciones son mayores que en pasado y el internet es un canal de difusión de información, la democracia se debilita y se allana el camino para los demagogos? ¿Por qué la modernidad parece tener la semilla de la degeneración de la democracia? ¿No debería ser al revés?
El síntoma más alarmante de esta decadencia es la preocupante confusión conceptual del ciudadano moderno, que reduce la democracia a una simple fila de electores cada cinco años. Norberto Bobbio ya alertó sobre esto. Cuando la ciudadanía piensa que vive en democracia, pero ésta es solo una fachada, el Estado no puede ser sino corrupto y autoritario. Creer que la democracia empieza y termina en las urnas es un error trágico, porque confunde un hecho, que es el de la votación, con todo un sistema político, que tiene que ver con transparencia, libertades, independencia de poderes y justicia proba. El voto es una apariencia vacía de contenido si el día después de la elección el país carece de una justicia independiente, de transparencia en el gasto público y de plenas libertades ciudadanas.
La verdadera democracia no es un evento electoral de domingo; es la vigencia cotidiana del Estado de derecho. Sin educación, el voto no es una herramienta de liberación, sino el mecanismo con el que los malos gobernantes legitiman su propia tiranía. Sin una educación cívica y política consistente y seria, la población boliviana seguirá votando a demagogos, como los que han gobernado Bolivia por los últimos 20 años, llevándola a una de sus peores crisis económicas y morales de su historia reciente.
Educación en declive y fachada democrática
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