Rodrigo Paz ha encontrado una palabra para reformar la Constitución: “rapidito”. Los bloqueos duraron más de cincuenta días, la gasolina y el diésel no aparecen rapidito, los dólares tampoco y las soluciones de su gobierno caminan sin apuro. Pero, cuando se trata de tocar la norma más importante del país, el presidente descubre las virtudes de la velocidad.
Paz habló de hacer “dos, tres, cuatro reformas” claves aprovechando los dos tercios de la Asamblea. No dijo cuáles ni qué artículos modificaría. Jorge Tuto Quiroga, en cambio, puso sobre la mesa 111 modificaciones organizadas en cinco ejes. Samuel Doria Medina respalda una fórmula de dos artículos. Sus propuestas podrán gustar o no, ser viables o discutibles, pero tienen contenido. Tuto tiene 111 artículos; Doria Medina, dos; Paz, un adverbio.
El presidente ya decidió que quiere ir rapidito. Solo le faltaba saber adónde. Le tomó la palabra a Tuto y anunció que lo llamará. Tuto lleva el proyecto, Doria Medina propone el atajo y Paz ofrece conducir. La reforma ya no tendrá que prestársela la oposición: acaba de pedírsela.
La primera pregunta no es cuánto tardará la reforma, sino qué se quiere reformar. Una Constitución no es una pared a la que se le quitan “dos, tres o cuatro” ladrillos para ver después qué ocurre. Cada modificación altera competencias, derechos o equilibrios institucionales. Antes de calcular la velocidad convendría conocer el destino. De lo contrario, el “rapidito” no es un método: es ineficacia disfrazada de iniciativa.
La segunda pregunta es con qué votos. Paz parece mirar los dos tercios como una cifra que espera ser completada. Pero los dos tercios no son una cifra: son una coalición. Cada voto llega con una organización, una propuesta y sus propios intereses. Libre ya posee la reforma de Tuto. Unidad tampoco abandonará sus prioridades para llenar los espacios en blanco del oficialismo.
Allí aparece el precio político. Quien necesita los votos es Paz; quienes pueden fijar el contenido son sus eventuales aliados. Para alcanzar los dos tercios tendrá que negociar no solo apoyos, sino el sentido de la reforma. Puede terminar reuniendo la mayoría y perdiendo la autoría: ocupar el asiento del chofer mientras otros trazan la ruta y señalan el destino.
Queda la tercera pregunta: quién decide al final. La respuesta no está en la Asamblea. El artículo 411 de la Carta Magna establece que cualquier reforma parcial necesita un referendo constitucional aprobatorio. Los dos tercios no cambian la Constitución; únicamente habilitan una propuesta que la ciudadanía puede aceptar o rechazar.
El antecedente debería bastar. En 2015, el MAS reunió los dos tercios para modificar el artículo 168 y habilitar otra reelección. En febrero de 2016, el electorado dijo no. La aritmética parlamentaria no se convirtió en mayoría ciudadana. El final del trámite en la Asamblea fue apenas el comienzo del referendo.
Paz cree que la reforma depende de la velocidad con que consiga dos tercios. En realidad, depende de definir qué quiere cambiar, construir una coalición dispuesta a acompañarlo y convencer a una mayoría ciudadana. Ha comenzado por el final: cuenta votos sin tener una propuesta, anuncia la velocidad antes de conocer el camino e imagina la llegada sin tomar en cuenta que la última palabra la tiene la ciudadanía.
El presidente puede levantarse temprano, convocar a Tuto y a Doria Medina y contar hasta 111 antes del desayuno. Aun así, no por madrugar amanece más temprano.
El autor es expresidente de la Asociación de Periodistas de La Paz, docente universitario, analista político.
