Por Susana Gutiérrez
Hay encuentros que no los explica la geografía. Se explican en un plato compartido, en el brillo de una máscara de oro o en la risa bajo las linternas.
Hace 20 años, el amor llevó a Shi Wei a radicarse en Chengdu, la capital de la provincia de Sichuan en el suroeste chino. Hoy, desde su rol como directora del Departamento de Español y directora del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Sichuan, la investigadora mira en retrospectiva esa decisión y asegura haber descubierto una conexión insospechada: «Encontré un código genético cultural extraordinariamente similar entre la antigua tradición de Bashu y América Latina», afirma.
En un encuentro promovido por Global South Media, la académica explica por qué Sichuan y el continente hispanohablante se entienden sin necesidad de traducción. Su tesis pasa por la mesa, por los museos y por los símbolos que compartimos.
Milagro rojo, cuando el ají encontró su casa
Al dirigir la mirada hacia ambas orillas del Océano Pacífico, Shi Wei sostiene que el diálogo más directo entre Sichuan y América Latina comienza en la mesa. La cocina de Sichuan es famosa por sus sabores málà, esa combinación única de picor aromático con la sensación adormecedora que aporta la pimienta local (huājiāo).
Sin embargo, el alma de esta gastronomía cruzó los océanos desde América. «El ají, considerado por los mayas como el alimento de los dioses, llegó a China a finales del siglo XV, a través de la Ruta Marítima de la Seda. En un principio, fue cultivado en los jardines de los literatos como una flor ornamental llamada ‘pimiento extranjero’. Pero cuando esta chispa roja remontó el río Yangtsé y se asentó en la húmeda cuenca de Sichuan, ocurrió el milagro, se encontró con la pimienta nativa y los sabios ancestros crearon una sinfonía de sabores que transformó nuestra cocina», relata la investigadora.
Hoy, este intercambio fluye en ambas direcciones, sostiene Shi Wei. Las cerezas de Chile, cuya travesía logística garantiza su llegada fresca en apenas 30 días gracias a las rutas marítimas y aéreas de la cadena de frío, se han transformado en el regalo de buena fortuna por excelencia para el Año Nuevo Chino. Asimismo, la investigadora señala cómo productos emblemáticos de la región —como el aguacate (palta) mexicano, la carne argentina, el café brasileño y la chía de Perú y Bolivia— abastecen hoy los supermercados de Chengdu.
Del otro lado del mundo, Shi Wei destaca que la gastronomía de Sichuan echa raíces en el continente americano. En ese marco, la especialista resalta la gira Sabor de Sichuan, sabor del mundo, encargada de llevar muestras culinarias y artes escénicas a San José de Costa Rica y Santa Cruz en Bolivia. A esto se suma la firma de un memorándum entre la Universidad de Turismo de Sichuan y la Escuela Amura de Costa Rica para crear la Academia de Gastronomía de Sichuan, un paso que, según explica la académica, formaliza la transición desde la simple difusión de platillos hacia la enseñanza técnica de estas artes.
Para ella la conclusión es que: «En Bashu y en América Latina entendemos la vida igual. Alrededor de una mesa grande, con la familia, con sabores fuertes y con ganas de celebrar».
Máscaras de oro que se miran
Si la cocina une el presente, para Shi Wei la arqueología une el pasado. La académica recuerda una imagen que la marcó: «En el Museo de Jinsha, la máscara dorada peruana quedó frente a frente con la réplica de la máscara dorada de Sanxingdui. Dos culturas separadas por miles de kilómetros y 3.000 años, pero con la misma devoción por el sol y el oro».
«Los antepasados de Shu y los incas no se conocieron. Sin embargo, se hicieron las mismas preguntas sobre la luz, la naturaleza y el origen», explica. Por eso defiende las grandes exposiciones. «No sirven para acumular objetos; sirven para que la gente se reconozca en el otro».
Ese diálogo también ocurre en el presente. «Hoy el milenario brocado de Shu (Shu Jin) se combina con el diseño latinoamericano en las pasarelas. En talleres de Chengdu, artesanas del bordado tradicional (Shu Xiu) trabajan con artistas argentinas», cuenta. «El patrimonio solo vive cuando se mezcla con el presente».
Pandas, linternas y el poder del afecto
Para la directora Shi, hay dos símbolos que ya viven en el corazón latinoamericano: el panda y las linternas festivas.
«El panda gigante es memoria familiar en México, Chile y Brasil. Representa paz, cuidado y amistad. Por eso cada noticia sobre ellos se sigue con tanta atención», dice. Lo mismo pasa con las linternas de Zigong: «Lo que empezó como un espectáculo chino, hoy ilumina cada verano las calles de Santiago. Dragones de luz de 50 metros y réplicas de puentes de Chengdu. Dejó de ser turismo para ser afecto cotidiano».
A esto suma la plataforma del Premio Panda Dorado: «Es el espacio de cine y televisión que impulsamos desde Chengdu. En sus recientes ediciones hemos premiado a talentos de Brasil y recibido miles de obras de más de cien países. El audiovisual es hoy el puente más directo entre nuestras almas»,señala.
Código que nos une
Al cierre de su intervención, Shi Wei vuelve a su idea central. «La cultura de Bashu es como el hotpot: lo abarca todo y se renueva constantemente. La cultura latinoamericana es pasión, familia y apertura».
«Cuando se encuentran, nos damos cuenta de que compartimos el amor por la naturaleza, el respeto por los mayores y la alegría de vivir», concluye.
Desde Global South Media, la propuesta para consolidar esta relación avanza en cinco ejes: arqueología conjunta, contenidos digitales, intercambio juvenil, industrias culturales y mayor conectividad. «Cuanto más diálogo haya, menos malentendidos habrá», reitera Shi Wei. «Y entre Sichuan y América Latina, ese diálogo empezó hace 400 años, con una semilla de ají».
