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Diésel, la sangre del aparato productivo boliviano

El diésel es la sangre que hace funcionar el aparato productivo de Bolivia. Sin este combustible, los tractores en el oriente se detienen, el transporte pesado se paraliza y el abastecimiento básico colapsa. Sin diésel, igual que sin gasolina, los precios comienzan a subir en una espiral sin término y la gente más pobre comienza a sufrir más todavía. Hoy, el país vive una agonía energética debido a la inoperancia crónica de un Gobierno incapaz de garantizar el suministro básico, sumiendo a la economía en la incertidumbre y las filas interminables.
La escasez no es un accidente de tránsito; es el resultado directo de una gestión gubernamental ineficiente. Mientras los productores ven perderse sus cosechas y los transportistas pierden días en las carreteras, el aparato estatal se muestra lento, reactivo y asfixiado por la burocracia. Para colmo de males, este escenario de desabastecimiento ya se encuentra salpicado por graves denuncias de corrupción, desvío de combustible y negociados oscuros que solo enriquecen a unos cuantos a costa del sacrificio de todo un pueblo.
Es importante darse cuenta de que el motor del desarrollo boliviano, hoy en Santa Cruz, no puede operar sin diésel, y que sin él está garantizado el colapso económico del país. Ante este escenario, lo que cabe racionalmente reclamar al gobierno es el recorte del gasto público y el cierre de las empresas deficitarias, para que con ese dinero malgastado se compre carburantes.
La crisis del diésel es solo el síntoma visible de una enfermedad mucho más profunda: el fin de la era del gas. Bolivia, que alguna vez se jactó de ser el “corazón energético” de Sudamérica, hoy enfrenta una realidad devastadora, pues en los siguientes años los bolivianos podrían comenzar a cocinar con leña y sufrir cortes de electricidad. La falta de exploración real y la pésima administración de nuestros recursos hidrocarburíferos durante los años de la llamada Revolución Democrática y Cultural nos han conducido al borde del abismo. El gas se agota, las exportaciones caen y los ingresos estatales se desploman, obligándonos a importar combustibles caros que ya no podemos pagar.
Es urgente un cambio de timón radical. No se puede seguir gobernando con parches temporales ni retórica populista. Si el Gobierno actual no asume su responsabilidad, extirpa la corrupción de raíz y libera las fuerzas productivas permitiendo la libre importación y comercialización, el motor de Bolivia terminará por fundirse por completo y el grueso de la población comenzará a tomar medidas radicales, que podrían terminar en hechos violentos, como ya es usual en Bolivia.
El tiempo se está agotando. Falta solamente la voluntad política del gobierno de Paz Pereira, que seguramente no desea despedir a supernumerarios o teme aplicar ciertas medidas de shock. Si estas medidas no son aplicadas ahora, otro gobierno, sin muchos reparos de ser de izquierda o de derecha, si quiere salvar a Bolivia del abismo, las aplicará en el futuro próximo.

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