Bolivia asiste, una vez más, a un melodrama de poder, traición y desvergüenza institucional. El caso que involucra al polémico estratega argentino Fernando Cerimedo y a la operadora política Nadia Beller —un entramado de intento de feminicidio, sicariato, granjas de bots y denuncias de corrupción que salpican al palacio de gobierno del presidente Rodrigo Paz— no es un hecho aislado o que no refleje lo que casi siempre ha sido la clase política boliviana. Es la representación de un país condenado a la distracción perpetua (pan y circo para el pueblo), donde la gravedad de la crisis económica y el desabastecimiento se diluyen convenientemente entre las sábanas y los tribunales de un nuevo escándalo mediático.
De alguna manera, el escándalo y el ruido mediático por situaciones banales y sensacionalistas, se han vuelto la marca del país. No pasa una o dos semanas sin que suceda un nuevo evento de este tipo, que, además, lleva la atención de la prensa y la opinión pública a lo banal o insustancial.
La facilidad con la que el debate público transita de la emergencia estructural al chisme de alcoba estatal evidencia una preocupante normalización del caos. En Bolivia se pasa de escándalo en escándalo como quien pasa las páginas de una novela barata. Apenas se digiere un negociado, estalla una conspiración pasional que borra la memoria colectiva inmediata o se descubre un hecho de corrupción. Esta alarmante cotidianidad del asombro no es; sin embargo, un invento de la era digital ni de los asesores transnacionales. Es una profunda herencia histórica.
Y es que desde el Siglo XIX la nación ha parecido gobernarse bajo la sombra de la infamia. La memoria evoca las excentricidades despóticas y orgiásticas de Mariano Melgarejo entregando territorio por un caballo o bebiendo cantidades ingentes de alcohol en el Palacio de Gobierno, o los desfalcos que marcaron la inestabilidad de las primeras décadas republicanas, esas que Alcides Arguedas describió ácida, pero precisamente en sus cinco tomos de historia.
Ayer eran las orgías de poder de caudillos decimonónicos; hoy son entramados cibernéticos y fajos de divisas ocultos en condominios paceños. Los actores cambian y las tecnologías mutan, pero el guion de fondo sigue intacto: el uso del aparato de la administración como botín personal y la justicia como un circo de conveniencia. La política latinoamericana siempre ha sido así, pero en Bolivia las cosas ya llegan a extremos macondianos.
El caso Cerimedo-Beller nos demuestra que Bolivia no puede enfocarse en los debates serios y de largo aliento en pro del bien común; que su sociedad es ingenua y su periodismo, sensacionalista; que la calidad moral y ética de sus operadores políticos y estrategas deja mucho que desear, y que sigue atrapada en ese nefasto bucle iniciado en el Siglo XIX, un círculo vicioso donde la indignación ciudadana dura lo que tarda en estallar la siguiente gran infamia del poder estatal.
De escándalo en escándalo: bucle de política boliviana
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