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LA COLUMNA

La segunda estrella

Roxana Pomier PERIODISTA

Faltaban apenas 14 minutos para que se cumpliera el tiempo de la prórroga. Pedro Porro mandó un centro que no parecía tener nada de heroico, uno más entre los cientos que ya se habían intentado en el MetLife. Nico Williams saltó, cabeceó, y el balón le quedó servido a Ferran Torres como consecuencia inevitable de haber insistido más de 100 veces en el mismo lugar. El grito que siguió fue de alivio. Después: ¡Campeón!
Pero hay una imagen que se me quedó grabada. Rodri, ya con la fiesta encima, cargando el Balón de Oro. Sonreía. Sostenía el trofeo con las dos manos, con cautela. A unos metros, en el otro extremo del campo de juego, Messi lloraba con una medalla de plata al cuello, rodeado de un país entero que ya empezaba, ahí mismo, a fabricar la leyenda de la derrota. Interpreto que no lloraba como quien pierde una final. Lloraba como quien despide algo que no va a volver. Ya no corría, apenas caminaba entre abrazos, y en esa quietud, tan ajena al Messi que conocimos, había más elocuencia que en cualquier discurso. Rodri sostenía el futuro entre las manos. Messi sostenía, nada más y nada menos, todo lo que ya fue.
El campeón
En EEUU, el equipo de Luis de la Fuente ganó anteponiendo el mérito del conjunto a la épica individual. Nadie brilló solo, todos brillaron juntos, y esa fue, en el fondo, la explicación futbolística de por qué nunca hizo falta la genialidad. Es un equipo hecho de acentos distintos, de orígenes distintos, que terminó pareciéndose menos a un grupo de estrellas y más a un país entero mirándose al espejo por casi dos meses.
Pero sería injusto quedarnos sólo con la épica española. Argentina jugó esta final como quien defiende una trinchera después de haber perdido la munición. Con Enzo Fernández expulsado, con Messi convertido en un espectador de lujo de su propio funeral futbolístico, el equipo de Lionel Scaloni se paró con diez hombres y estuvo a un tiro de Giuliano Simeone de forzar los penales. Hubo algo casi trágico, en el sentido griego, en ver a los campeones de Catar reducidos a defender con los dientes lo que ya no podían construir con los pies.
Otra imagen que se me quedó es la de Tagliafico, agotado, que le decía al Dibu Martínez, en el alargue, que no podía más. Y sin embargo siguió. Ese es el gesto que condensa todo, un cuerpo que ya no responde pero que igual vuelve a pararse, por el orgullo, la camiseta, la sangre de gauchos “y de indios”, como dijo Scaloni. Argentina perdió porque el carácter, sin gasolina, también tiene límites.
Cada Mundial tiene varios finales y varios inicios. Terminó el reinado de Argentina. Terminó, probablemente, la carrera mundialista de Lionel Andrés Messi Cuccittini. Y empezó, con dos estrellas en el pecho, la certificación de que España ya no es solamente la del tiki-taka de 2010, es una maquinaria que sabe reinventarse sin perder el acento.

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