Por Susana Gutiérrez
Datos El País
En el vasto y a menudo inescrutable universo de Orson Welles, existen mitos que superan a la propia ficción. El más persistente, complejo y conmovedor de todos ellos es, sin duda, su versión cinematográfica de Don Quijote. Un proyecto quimérico que el genio estadounidense rodó a impulsos entre 1957 y su muerte en 1985, dejando tras de sí un rompecabezas colosal. Hoy, ese mito entra en una nueva dimensión gracias a que cuatro filmotecas europeas han anunciado una histórica alianza para enfrentarse a las 30 horas de metraje y las 2.200 páginas de guion que componen lo que los expertos definen como un caos absoluto.
El reciente anuncio en el festival Cinema Ritrovato de Bolonia marca el inicio de una reconstrucción rigurosa y metodológica. Coordinado por el historiador Esteve Riambau y centralizado por la Filmoteca Española, el proyecto aspira a rescatar y digitalizar el grueso de los materiales dispersos por Europa para el año 2028. No se busca forzar una película acabada, sino abrir una ventana arqueológica al proceso creativo de un autor que consideraba este filme como su bambino y su testamento más íntimo.
Un espejo de
doble cara
Para Welles, la obra imperecedera de Miguel de Cervantes no era una simple historia de caballerías que adaptar; era un espejo de su propia existencia errante. Tras ser exiliado de los grandes estudios de Hollywood, el director de Ciudadano Kane se convirtió en un cineasta nómada que dependía de sus trabajos alimenticios como actor para financiar sus propias locuras creativas. En la dualidad universal de la novela encontró su propia radiografía, encarnando a la vez a Don Quijote, el idealista inalcanzable y soñador que desafía las convenciones, y a Sancho Panza, el hombre terrenal, astuto y glotón, firmemente anclado a la realidad material. Welles era ambos. Su Quijote no habitaba estrictamente el Siglo de Oro, sino que era un héroe anacrónico que regresaba de la Luna en una entrevista televisiva, se enfrentaba a los nuevos monstruos de la era moderna —como los cohetes, las Vespas y la deshumanización capitalista— y cuyo lema bien podría haber sido defender la inocencia frente a la fría maquinaria del progreso.
Geografía del caos
El rodaje de este Quijote fue una odisea de décadas marcada por la precariedad y el ingenio. Financiado inicialmente con dinero de Frank Sinatra para un programa de televisión que nunca vio la luz, Welles filmó en México, Italia y España. La elección del reparto ya reflejaba las tensiones de la época, pues el hidalgo fue interpretado por Francisco Reiguera, un actor republicano exiliado que no podía pisar la España franquista, lo que obligó a rodar sus escenas en Italia; mientras tanto, Sancho fue encarnado por Akim Tamiroff, rodando sus planos en suelo español. Welles los unía con pura magia cinematográfica en la sala de montaje, recurriendo a cielos idénticos y contrapicados extremos, acuñando una frase que define su maestría del truco al asegurar que su rácord eran las nubes. Ni la muerte de Reiguera en 1969 ni la de Tamiroff en 1972 detuvieron al director, quien continuó acumulando rollos de película de forma casi obsesiva.
Un rompecabezas de
celuloide por Europa
El camino para recuperar este tesoro cinematográfico ha sido tortuoso. Tras el polémico y libre montaje tipo pastiche que el director Jesús Franco realizó para la Expo 92, y tras resolverse en 2017 el litigio legal con Oja Kodar -heredera de Welles y figura clave al ceder la documentación al museo de Múnich-, las instituciones públicas asumen al fin el control bajo un estricto código ético y sin fines comerciales. Las monumentales cifras de este archivo evidencian la magnitud de la empresa: el grueso de la filmación se compone de unos 42.000 metros de película en bruto depositados en Cinecittà por la Filmoteca de Roma, a los que se suman los 20.700 metros custodiados por la Filmoteca Española (usados en el montaje del 91) y los 2.400 metros que ya ha logrado digitalizar la Cinémathèque Française. Todo este material será ahora ordenado para entender al fin cómo trabajaba el cineasta.
Legado ético y
humanista
Como señala la especialista Catherine L. Benamou, comprender a Welles exige una mirada oblicua. Este Quijote opera más cerca del ensayo cinematográfico de F for Fake que de la fidelidad literaria de Campanadas a medianoche. España, el país que fascinó a Welles desde los 17 años y donde reposan sus cenizas en el pozo del cortijo de la familia Ordóñez en Ronda, sirvió como el escenario ideal para su proclama humanista. En el fondo, este laberinto de celuloide no es más que el canto de cisne de un creador que, ante el olvido inevitable del tiempo y las derrotas de la vida, nos sigue gritando con la dignidad de sus personajes que la huella humana es nuestra única esperanza y que, por tanto, debemos seguir cantando.
