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Chamberlain también negociaba

Antonio Vargas Ríos

Hay momentos en los que la moderación expresa inteligencia política. Y otros en los que empieza a parecer incapacidad para comprender la magnitud de la crisis.
Bolivia comienza a transmitir esa sensación.
Mientras el país acumula presión sobre presión, la respuesta oficial parece reducirse cada vez más a una misma fórmula: diálogo, negociación y nuevas concesiones. Como si cada crisis pudiera aplazarse simplemente unos días más.
En ese esfuerzo permanente por evitar la confrontación inmediata, el gobierno empieza a transmitir una señal inquietante: una administración sin dirección clara, atrapada en la urgencia permanente.
Y es imposible no recordar a Neville Chamberlain.
No al personaje caricaturizado por la historia escolar, sino al gobernante convencido de que todavía era posible contener una crisis estructural mediante conversaciones sucesivas, acuerdos parciales y concesiones calculadas. Mientras Europa cambiaba violentamente de escala, Chamberlain seguía creyendo que el siguiente entendimiento permitiría estabilizar el tablero.
El problema no era la búsqueda de la paz. El problema era la incapacidad de comprender la magnitud de la tormenta.
Algo parecido ocurre en Bolivia.
El diálogo ha dejado de percibirse como un instrumento de conducción política para empezar a parecer sustituto de ella. Cada presión obtiene una negociación. Cada amenaza abre una mesa de diálogo. Cada conflicto arranca una nueva concesión.
Cuando un gobierno comienza a negociar todo “a cualquier precio”, deja de transmitir prudencia. Empieza a mostrar debilidad.
Porque gobernar no consiste únicamente en evitar conflictos. También consiste en ordenar prioridades, fijar límites, administrar costos y sostener dirección, incluso cuando la presión aumenta. Lo contrario conduce a una política reactiva, donde el gobierno ya no fija condiciones: las acepta.
El problema es que la realidad ya comenzó a moverse más rápido que la capacidad oficial para interpretarla.
El Plan de Desarrollo Económico y Social, que debería funcionar como brújula estratégica, desapareció bajo una montaña de urgencias improvisadas. La planificación fue sustituida por la administración del sobresalto. Los ministros se contradicen, los acuerdos duran horas, las leyes parecen escritas con tinta evanescente y el país entero empieza a percibir algo extremadamente delicado: ausencia de mando.
En la política, como en la guerra, pocas cosas son más peligrosas que eso.
La población no estudia indicadores macroeconómicos ni analiza balances fiscales. Pero sí percibe cuándo hay equipo, horizonte y control. Y percibe también cuándo el poder empieza a parecer desorientado frente a la dimensión de la crisis.
Maquiavelo advertía a Lorenzo de Médici que los problemas políticos debían enfrentarse antes de que crecieran, porque una vez desarrollados “ya no tienen remedio”. El gobernante que solo reacciona cuando el incendio es visible, normalmente llega tarde. Y cuando llega tarde demasiadas veces, deja de parecer conductor para empezar a parecer bombero.
Ese es el riego real de Bolivia hoy.
Porque hay momentos históricos en los que negociar transmite prudencia. Pero también existen momentos en los que negociar permanentemente solo profundiza la crisis.
Las llamas comienzan a dibujar Londres en el horizonte. Chamberlain sigue negociando.

El autor es expresidente de la Asociación de Periodistas de La Paz, docente universitario, analista político.

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