Por. Lic. Héctor Molina
¿Qué es la carga horaria escolar?
Para el pedagogo Jurjo Torres Santomé, la carga horaria es una dimensión del currículum que refleja las prioridades políticas y sociales de un sistema educativo. No es un valor neutro; la distribución del tiempo determina qué conocimientos se consideran valiosos y cuáles se marginalizan. Según este autor, la carga horaria debe ser analizada desde su calidad y no solo desde su cantidad, diferenciando entre el “tiempo nominal” lo que dicta el horario, y el “tiempo funcional” el que realmente se dedica al aprendizaje activo.
Asimismo, la carga horaria escolar no se entiende simplemente como una suma de minutos frente a un pupitre, sino como la gestión del tiempo pedagógico necesario para la consolidación de procesos cognitivos y el desarrollo de competencias.
El Modelo de aprendizaje para el dominio
En su influyente modelo de aprendizaje escolar, John Carroll define la carga horaria a través de la variable del tiempo necesario versus el tiempo invertido. Carroll sostiene que el aprendizaje es una función del tiempo. Si un estudiante recibe la carga horaria adecuada según sus aptitudes y la calidad de la instrucción, podrá alcanzar el dominio de cualquier objetivo. Desde esta perspectiva, la carga horaria es el “soporte temporal” que permite la maduración de los esquemas mentales.
La falacia de la cantidad
En el sistema educativo boliviano actual, se observa un fenómeno que la psicología educativa y la neurociencia denominan la “falacia de la cantidad”. Aunque se ha incrementado la carga horaria en los planes de estudio, los resultados en evaluaciones internacionales sugieren que los estudiantes no están reteniendo más información, sino que, en muchos casos, el aprendizaje se ha vuelto más superficial. Este desajuste puede explicarse a través de varios sesgos y principios científicos que afectan directamente el cerebro de los jóvenes.
Tiempo nominal vs. Tiempo funcional
Uno de los principales errores en la educación actual es confundir el tiempo que un estudiante pasa sentado en el aula (tiempo nominal) con el tiempo en el que su cerebro realmente está procesando información (tiempo funcional). Según el modelo de John Carroll, el aprendizaje es una función del tiempo, pero este tiempo debe estar ajustado a las aptitudes del alumno. Partiendo de esta idea se puede inferir que en Bolivia, el incremento de horas no ha venido acompañado de una personalización del aprendizaje. Por lo que estaríamos hablando de un sesgo donde se cree que a más horas de estudio, más conocimiento adquirido “mayor cantidad, mayor calidad”, ignorando que si la calidad de la instrucción es baja, el tiempo invertido se convierte en un recurso desperdiciado que no permite la maduración de los esquemas mentales.
El agotamiento de la ventana atencional y la carga cognitiva
Desde la neurociencia, autores como Francisco Mora sostienen que el cerebro tiene límites biológicos para mantener la atención sostenida. Al extender las jornadas escolares sin mejorar las metodologías, se cae en el error de ignorar la Teoría de la Carga Cognitiva de John Sweller. Cuando un estudiante es sometido a largas horas de clase con métodos de enseñanza tradicionales o pasivos, el cerebro alcanza un punto de saturación sináptica. En este estado, por más que se añadan horas al reloj, la capacidad de la memoria de trabajo para transferir información a la memoria de largo plazo se bloquea, lo que explica la idea de por qué los estudiantes “saben menos” a pesar de estar más tiempo en el colegio.
El olvido del compromiso académico
Como bien señala el Ph.D. Robert Marzano, como el investigador más destacado de los últimos años en educación y en la psicología educativa moderna, destaca la carga horaria es simplemente una oportunidad para aprender, pero no una garantía; es decir, advierte que aumentar la carga horaria sin mejorar las estrategias de instrucción no produce resultados significativos. La carga horaria debe estar diseñada para maximizar el tiempo de compromiso académico, que es el periodo en el que el alumno está procesando activamente la información.
En este punto debe repensarse si el sesgo en la educación boliviana radicaría en haber aumentado la cantidad de horas sin maximizar el tiempo de compromiso académico. Si las estrategias de instrucción no son activas o desafiantes, el alumno entra en un estado de “presencialismo pasivo”. En este escenario, el estudiante está físicamente en el aula, pero no está procesando activamente la información.
Según las investigaciones de Marzano, sin un diseño pedagógico que involucre al estudiante en la resolución de problemas o el pensamiento crítico, el aumento de horas solo genera fatiga y desmotivación, lo que se refleja negativamente en las pruebas internacionales de adquisición de conocimientos.
Finalmente, tanto la evidencia científica como la realidad educativa de nuestro país sugieren que existe un punto de rendimientos decrecientes. Al saturar la agenda escolar, se eliminan espacios vitales para el aprendizaje informal, el juego y el descanso, elementos que las neurociencias consideran fundamentales para la consolidación de la memoria. Por lo que este sesgo estaría priorizando la acumulación de contenidos sobre la profundidad del entendimiento. El resultado es un sistema donde se dicta mucho contenido, pero se ancla muy poco, dejando a los jóvenes con una base de conocimientos frágil que se desmorona ante evaluaciones que exigen aplicación lógica y no solo repetición memorística.
