InicioSeccionesCultural“Mientras pueda pensar voy a escribir; después, miraré un cuadro”
Isabel Allende a los 83

“Mientras pueda pensar voy a escribir; después, miraré un cuadro”

> La vigencia de una narradora incombustible a los 83 años.

Por Susana Gutiérrez (Basado en entrevista de Infobae)

“Soy incapaz de contar un chiste”, confiesa Isabel Allende con esa honestidad punzante que la caracteriza. “Pero puedo contar una historia”. Esa distinción no es menor. El chiste requiere una métrica de la gracia que ella siente ajena, pero… la historia es su oxígeno. A los 83 años, la autora chilena más leída del mundo no se sienta frente a la cámara de Zoom para hablar de sus millones de ejemplares vendidos o de la inminente serie de La casa de los espíritus en Prime Video. Lo hace para presentar “La palabra mágica”, un libro que funciona como un mapa genético de su propia escritura y un manual de supervivencia para quienes se atreven a sostener la pluma.
Allende no oculta las costuras de su biografía. En sus páginas reconoce que su infancia no fue un jardín de juegos, sino un territorio de soledad habitado por adultos y diplomacia. “Tuve el refugio fabuloso de los libros”, dijo, y lanza una pregunta cargada de ironía: “¿Cómo se las arreglan para escribir los autores que tuvieron una infancia feliz?”. Para ella, la carencia fue el motor.
Su carrera, sin embargo, no fue un plan maestro. Fue, en sus propias palabras, un “golpe de suerte extraordinario” nacido de la desesperación. En Venezuela, siendo una exiliada que administraba una escuela -un trabajo que detestaba por ser opuesto a su temperamento-, empezó a escribir para recuperar lo que el exilio le había arrebatado: su abuelo, sus tíos locos, su país. Así nació su “ladrillo”. Citando a Brecht, explica que su primera novela es ese objeto sólido que uno carga por el mundo para demostrar cómo era su casa.
Ese inicio fue solitario. Allende recuerda con humor su ignorancia sobre la industria. Cuando un crítico le preguntó por la “estructura circular” de su novela, ella pensó en edificios y en la menstruación. No pertenecía a círculos literarios y, por ser mujer, sabía que el camino sería cuesta arriba. Su agente, la mítica Carmen Balcells, se lo advirtió temprano: “Tendrás que hacer el triple de esfuerzo para obtener la mitad de reconocimiento que un hombre”.

Anatomía del desamor: El adiós a Willie Gordon
Uno de los pasajes más potentes de su nueva obra y de su presente es la disección de su divorcio de Willie Gordon, quien fue su compañero durante 28 años. Allende confiesa que no pudo escribir sobre esto hasta que el tiempo decantó el dolor en ironía. “Hace diez años me separé y recién ahora puedo mirarme y decir: ‘qué pelotuda’”.

El relato es desgarrador por lo cotidiano. El amor se desgastó sin portazos, pero con un silencio de cemento. Tras la muerte del hijo menor de Willie por sobredosis, él se encerró en una burbuja inaccesible. Allende relata una sesión de terapia que resume el fin de una era.
El psicólogo les pidió escribir en un papel qué querían del otro. Ella escribió kindness (cariño). Él no escribió nada, alegando que “no tuvo tiempo”.
“Fue como si se hubiera abierto una cortina”, recuerda. Willie quería volver a ser joven, quería otras mujeres, y ella era un ancla. La separación fue amistosa pero radical. A los 74 años, Allende se encontró sola por primera vez en su vida. Redujo su mundo a una casa pequeña, una cama y su perro. Esa poda de lo superfluo fue, según ella, una liberación fantástica que le permitió encontrarse consigo misma antes de que el destino pusiera en su camino a Roger Cukras, su actual marido.

Realismo mágico o
simplemente realidad
La charla deriva inevitablemente en la identidad latinoamericana. Allende defiende que el realismo mágico no es una técnica de laboratorio, sino la única forma de narrar un continente que es, de por sí, surrealista. Recuerda a su amigo venezolano Asdrúbal Meléndez, quien usaba collares de colores “para no volverse invisible”.
“¿Tú crees que a un alemán se le ocurriría eso?”, se pregunta. Para ella, en América Latina las fronteras entre lo posible y lo imposible son porosas. La explicación de que Remedios la Bella subió al cielo en cuerpo y alma es, en nuestra idiosincrasia, una salida lógica para un embarazo no deseado o una desaparición. Es esa capacidad de creer en lo increíble lo que nutre su literatura.

Los trucos de
la “escribidora”
Para los jóvenes autores, Allende es pragmática. No cree en la inspiración mística tanto como en la disciplina feroz. Sus consejos son directos:
Lanzarse de frentón: “Lo que no puedes corregir es lo que no has escrito”. El miedo es el principal enemigo del papel en blanco.
Prioridad absoluta: La escritura no admite competencia. Confiesa que una vez dejó a su marido sangrando en la cocina (tenía una herida leve tras ir al dermatólogo) porque estaba en su oficina y “no podía parar”. La escritura es una amante exigente que no entiende de emergencias domésticas.
La corrección como artesanía: Una vez que el impulso inicial está en el papel, comienza el trabajo mecánico de editar, chequear y pulir.

El futuro: Mirar un cuadro
A pesar de que admite que a los 80 todo cuesta más -caminar, imaginar, recordar-, no tiene intención de retirarse. La novela histórica, su género predilecto, requiere una mente afilada para la investigación, y mientras el cerebro responda, ella seguirá frente a la pantalla.
“Mientras pueda pensar voy a escribir y después… ya no se podrá. Me dedicaré a mirar un cuadro”. Es la declaración de una mujer que ha convertido su vida en literatura y que entiende que, al final del día, lo único que queda es la palabra mágica capaz de detener el tiempo.

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