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El reto de Dockweiler

La ciudad de La Paz se pronunció en las urnas y el veredicto es inapelable: César Dockweiler asumirá como alcalde de la sede de Gobierno. Su triunfo no es solo un fenómeno estadístico, sino el reflejo de una ciudadanía agotada que, entre el caos y la parálisis, ha decidido otorgar una oportunidad a quien promete orden y eficiencia técnica. La gestión de Arias dejó desencantados a miles de paceños. Sin embargo, este mandato nace bajo la sombra de una contradicción que el alcalde electo deberá resolver desde su primer día en el Palacio Consistorial: su cordón umbilical con el Movimiento al Socialismo y su antigua afinidad con Evo Morales.
Para nadie es un secreto que Dockweiler ha sido uno de los rostros más visibles y leales del proyecto masista. Su pasado no es el de un técnico periférico, sino el de un actor central en el relato del “Proceso de Cambio”. Esta filiación despierta legítimos temores en una ciudad que, históricamente, ha sido el bastión de la resistencia democrática y que ha sufrido los embates del autoritarismo centralista. La pregunta que flota en el aire paceño es si gobernará para los ciudadanos o si convertirá la Alcaldía en una sucursal del masismo y un botín de masistas camuflados bajo los colores de su nuevo partido. El riesgo de que la gestión municipal se transforme en una trinchera ideológica es alto, y Dockweiler debe entender que La Paz no necesita un ideólogo político de izquierdas, sino un administrador eficiente y honesto.
No obstante, más allá de la crítica necesaria a su pasado, existe un deseo genuino de que le vaya bien. La Paz no aguanta un fracaso más. Venimos de la gestión de Iván Arias, un periodo que será recordado por su alarmante mediocridad, el abandono de los barrios y una sensación de desgobierno que dejó a la ciudad en terapia intensiva. Arias terminó apagando la esperanza de muchos con una administración errática y carente de visión. Dockweiler tiene ante sí la oportunidad —y la obligación— de marcar una diferencia abismal con ese pasado inmediato.
Ser un buen alcalde para Dockweiler implicará, necesariamente, una ruptura estética y práctica con el masismo radical. La Paz exige una gestión transparente, donde la meritocracia se imponga sobre el carnet de partido y donde la corrupción, ese cáncer que suele carcomer las estructuras estatales, no encuentre espacio en las licitaciones ni en las subalcaldías. Su éxito dependerá de su capacidad para sacudirse el dogmatismo y rodearse de los mejores, sin importar colores políticos.
El triunfo electoral le otorga legitimidad, pero solo una gestión impecable le dará autoridad moral. ¿Dockweiler tiene la preparación técnica para transformar la infraestructura y los servicios? Por lo pronto, debe demostrar que tiene la estatura democrática para gobernar para todos, incluso para quienes desconfiamos de su matriz política. Ojalá entienda que su mayor legado no será servir a un líder en el Chapare, sino devolver a los paceños el orgullo de vivir en una ciudad moderna, limpia y, sobre todo, honesta. La oportunidad está servida; el tiempo y sus actos dirán si estuvo a la altura.

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