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Maravillas de la civilización

Gonzalo Peñaranda Taida

La risa y el buen humor son intrínsecos a la condición humana, el hombre primitivo los practicaba y servían para la cohesión y supervivencia del grupo a través de la burla amistosa y la expresión de la alegría.
De ahí que la “prodigiosa” civilización da lugar también a espacios para el buen humor y la risa, incluso a través de la estupidez de algunos civilizados, como apreciaremos a continuación.
Así, hablando de la justicia, en un viejo y ajado mamotreto de varios tomos, titulado “Causas célebres”, son relatados incontables casos singulares de administración de justicia que bien podrían ser observados por quienes creen o hacen creer que se puede reformar la execrable justicia que conocemos.
Se refiere que en el medioevo, un hombre que transitaba por una calle de la ciudad fue expulsado por su caballo, produciéndose la muerte del individuo. Se le instauró un juicio público y contradictorio al caballo, contradictorio porque si bien no sabía hablar el cuadrúpedo, en cambio le fue asignado un defensor para que se cumpliese el debido proceso. El caballo fue sentenciado a pena de muerte por las pruebas presentadas en su contra.
Otro singular caso, en la misma época, se produjo a raíz de la caída de un ladrillo sobre la cabeza de un individuo, por cuya consecuencia quedó muerto. El ladrillo también fue sometido a juicio público, no sabemos si fue contradictorio porque al imputado inanimado no se le asignó defensa pública. Lo cierto es que el tribunal declaró culpable al ladrillo y a ser destruido en el acto.
Ya en nuestros “magníficos” días, un individuo santamente escrupuloso se presentó ante un fiscal sentando una denuncia contra sí mismo por haber proferido insultos contra su primo hermano.
La denuncia fue admitida y fue convocada la supuesta víctima a prestar su declaración, señalando el “ofendido” que tal ofensa no se había dado y de haberse producido no le interesaba en lo más mínimo.
De todas maneras, el férreo fiscal requirió la apertura del proceso contra el considerado ofensor. El fiscal se olvidó que el presunto delito era “de orden privado”, amén de que a la pretendida víctima le interesaba un comino el asunto.
En estos últimos días a alguien, hecho y derecho, en vez de enviársele a la cárcel, los insondables fiscales ordenaron que se lo enviara a acompañar a algunos jóvenes en estado de rehabilitación, cuando hubiese sido mejor que se lo mande a un convento de monjitas ursulinas.
¡La civilización es maravillosa!

El autor es jurista.

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