Más allá de la tempestad económica que dejó el gobierno de Luis Arce, existe un clima de moderado optimismo con la nueva administración. Sus primeras decisiones apuntan a incorporar profesionales idóneos en distintas áreas del Estado, en línea con las declaraciones del presidente Rodrigo Paz sobre la importancia de la meritocracia y la profesionalización. Este contexto abre un espacio para reflexionar sobre la Cancillería y, sobre todo, sobre la necesidad de revitalizar la diplomacia de carrera como un pilar fundamental del Estado moderno.
Para lograrlo, es indispensable fortalecer la institución responsable de formar a quienes representan a Bolivia en el exterior: la Academia Diplomática de Bolivia. Aunque ha graduado a dieciocho promociones, en los últimos años enfrentó decisiones que redujeron su capacidad formadora. Programas nocturnos destinados a regularizar personal sin concurso de méritos y maestrías en línea con múltiples paralelos introdujeron una discrecionalidad que distorsionó su misión. Más allá de sus objetivos inmediatos, estas medidas no respondieron a una visión estratégica, sino a urgencias coyunturales que afectaron la calidad y coherencia de la formación diplomática.
A ello se suma un problema estructural: la exclusión de la Academia en la Ley Avelino Siñani–Elizardo Pérez, lo que le impide otorgar sus propios títulos académicos. Este vacío normativo, que se ha prolongado por casi dos décadas, dificultó su consolidación como centro académico de alto nivel. Aunque distintas gestiones conocieron esta limitación, ninguna logró subsanarla. El momento político actual brinda la oportunidad de corregir este rezago y emprender una reforma integral.
Esa transformación debe partir de un plan de estudios actualizado y libre de sesgos ideológicos. La diplomacia del Siglo XXI exige incorporar áreas que hoy son esenciales: geoeconomía, diplomacia ambiental, inteligencia económica, diplomacia científica y otras disciplinas vinculadas a los cambios energéticos, tecnológicos y climáticos del entorno internacional. Lo protocolar y lo jurídico siguen siendo importantes, pero ya no bastan para preparar a un diplomático que debe desenvolverse en escenarios complejos y multidimensionales.
La calidad docente es otro punto central. La Academia necesita instructores con experiencia auténtica en el servicio exterior, sólida formación técnica y una mirada estratégica. La enseñanza del oficio diplomático requiere criterio, mesura y profundidad, cualidades que se adquieren en el ejercicio mismo de la carrera. Por ello, es fundamental fortalecer la presencia de diplomáticos de carrera en la estructura académica y evitar que la formación sea capturada por intereses coyunturales o partidarios.
También es prioritario resolver la precariedad de su infraestructura. Durante años, la Academia funcionó sin una sede estable, desplazándose entre distintas zonas de La Paz e incluso a El Alto. Esta itinerancia no solo afectó la logística académica, sino que debilitó la identidad institucional. Una institución que aspira a ser referente nacional necesita un espacio propio, adecuado y permanente. Junto con ello, avanzar en el reconocimiento legal para la emisión de títulos reforzaría su autonomía y prestigio.
Sin embargo, ninguna reforma será sostenible sin un liderazgo institucional fuerte. La dirección de la Academia debe recaer en un diplomático de carrera con la jerarquía y experiencia necesarias para conducir un proceso de transformación. Igual de importante es reconstruir la coordinación con la Cancillería. En años recientes, esa articulación se debilitó, dejando a muchos profesionales formados sin posibilidades reales de incorporación a la carrera diplomática. Superar esta desconexión es clave para que la formación tenga un impacto efectivo en el Servicio Exterior.
En medio de estos desafíos, Bolivia tiene la oportunidad de mirar hacia adelante. Así como el reloj de la Plaza Murillo volvió a avanzar, la diplomacia boliviana también debe proyectarse hacia el futuro. El país cuenta con diplomáticos capacitados y comprometidos; lo que falta es consolidar un sistema moderno, estable y protegido de los vaivenes partidarios, como ya ocurre en varios países de la región cuyos cuerpos diplomáticos se han convertido en verdaderas instituciones de Estado.
Finalmente, la Academia debe asumir un rol más activo en la generación de conocimiento estratégico. La política exterior requiere investigación seria, análisis profundo e insumos técnicos que permitan tomar decisiones informadas. Convertir a la Academia en un centro de pensamiento fortalecería tanto al Servicio Exterior como al conjunto del Estado.
La oportunidad está abierta. Hacerla realidad exige visión, voluntad y la convicción de que una diplomacia profesional no es un privilegio corporativo, sino un componente esencial del desarrollo del país.
El autor es economista y diplomático de carrera con Ph.D. en Ciencia Política y Relaciones Internacionales.
