En los últimos veinte años, la libertad de prensa y la cultura boliviana en general han sufrido daños incalculables. La vida cultural del país estaba quedando paralizada y sin posibilidad de recuperación, con la pérdida de valores intelectuales, por deficiencias en entidades estatales del sector y otros.
El periodismo fue uno de los sectores que soportaron el embate de funcionarios “masistas”, particularmente durante el gobierno de Evo Morales, que comenzó en 2006 y se mantuvo por casi 14 años, en el Estado Plurinacional. Medios de comunicación independientes fueron atacados por quienes negaban los avances culturales del país y buscaban, en sustitución, desenterrar tendencias culturales de tiempos remotos, cuando la vida social consistía en la lucha para dominar la naturaleza.
Efectivamente, el periodismo nacional fue objeto de una ofensiva sin par, para evitar la difusión de noticias necesarias para la conciencia pública, así como hacer desaparecer medios escritos de comunicación, sin considerar que son fuente histórica.
La ofensiva contra la prensa escrita y otros medios informativos, fue directa e indirecta, al extremo que los afectados tuvieron que dejar de publicar noticias sobre el oficialismo, que revelaban casos de corrupción de funcionarios de todo nivel. La medida inmediata contra periódicos independientes fue reducirles totalmente la difusión de publicidad oficial, para destinarla a órganos serviles, que se limitaban a publicar boletines oficiales con apologías al régimen y a sus funcionarios, en particular a los de alto rango. En algunos casos, parlamentarios ineficientes, fueron objeto de aplausos y elogios, en un ambiente creado para que la verdad no sea conocida.
Por esa actitud de discriminar la otorgación de publicidad estatal, varios diarios fueron obligados en forma indirecta a suspender sus ediciones o reaparecer con otros propietarios, adictos al gobierno de turno.
Por otro lado, esa ofensiva anticultural llegó a las librerías y editoriales que se vieron obligadas a cerrar sus puertas, por la falta de estímulo oficial a la lectura de libros. Por ello se dejó de publicar producción literaria nacional. En consecuencia, los escritores redujeron la cantidad de textos para el público. En anteriores años, los autores de libros encargaban hasta dos mil ejemplares por edición, hoy reducen el tiraje a cincuenta o cien ejemplares. Al mismo tiempo, el alza de precios, hizo imposible que numerosos escritores hicieran imprimir sus libros en el exterior.
En fin, la presión económica frenó la producción y difusión de la cultura nacional. Pero aumentó la importación de obras chatarra del extranjero. Por otro lado, se dio ventajas a escritores de ínfima categoría, caracterizados por emitir falsedades, en especial sobre temas de la historia de Bolivia. Es más, esferas oficiales, reeditaron esas obras chatarra por miles de ejemplares para su distribución gratuita en sectores sociales escogidos.
Este problema, mantenido dos décadas mediante acciones directas e indirectas, debería ser solucionado por el nuevo gobierno. Es necesario volver a fomentar la difusión de obras nacionales, para evitar el atraso histórico, la demagogia, mirar al pasado y no proyectar el pensamiento hacia el futuro.
Vía crucis de la prensa en la época de Evo
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