Nuestro país era considerado como el paraíso de las frutas, por su abundancia, originalidad y exquisitez en la región y ni qué decir de los bajos precios con que se las vendía en los mercados de todos los departamentos, en especial los del altiplano. La población gozaba de una variedad de frutas dulces y ácidas, con precios accesibles.
Esa producción frutícola se originaba, especialmente, en los valles semi tropicales de La Paz, como Luribay, Sapahaqui y otros y en los centros vallunos de Cochabamba, Chuquisaca y Tarija. Tanta era esa producción que, además de llenar los mercados, servía para exportación y, en algunos casos, para su industrialización. En los valles paceños, eran producidas bebidas de fama entre los consumidores nacionales, así como entre los extranjeros. Al mismo tiempo, servían para su exportación y llegada de dólares.
Pero desde 2006 aparecieron los jinetes del apocalipsis y todo ese sistema de agricultura se fue derribando. Gobernantes sin sentido nacional establecieron la libertad de importaciones, destruyendo el sistema agrario, empezando una contrarreforma agraria que dio paso, al mismo tiempo, al contrabando.
Esa política de libre importación, trajo consigo el arribo de frutas más vistosas, pero sin contenido saludable ni precios bajos. El Ministerio de Agricultura se enorgullecía algunas veces de esa “hazaña”, es decir, inundar los mercados con frutas de países vecinos. Sin embargo, no se dieron cuenta que estaban matando la producción de numerosas variedades de fruta, como la manzana nacional, que ahora no existe y ha sido sustituida por la de Chile, de buen aspecto, pero sin sabor.
Esa tragedia está presente en la realidad económica actual y significa salida de dólares que nunca retornan. Es más, está creciendo ese contrabando al parecer con el amparo de las autoridades agrarias. Otra causa consiste en que el país ya no produce fruta (salvo excepciones) y tampoco ya existen cultivos de esos productos, o son raros y con precios elevados.
Ese es el lamentable estado de la producción de frutas nativas, con excepción de plátanos y algunos cítricos. En efecto, hoy los vendedores callejeros, que suman por cientos, están vendiendo fruta extranjera en grandes cantidades, como mangos, duraznos damascos, uva, paltas, manzanas y otros, todo eso de mala calidad y con precios altos. Esas frutas extranjeras están terminando de dar muerte a lo que queda de la producción frutícola nacional.
El drama al que nos referimos no es producto de males naturales, ni heladas ni epidemias. Es obra de deficientes gobernantes que han provocado esa situación catastrófica y, si ellos mismos no dan solución a la cuestión, se podrá decir que la suerte está echada en contra de Bolivia. Por ello se espera un cambio de rumbo con el futuro gobierno que será posesionado el 8 de noviembre.
