Aún es difícil procesar lo que vimos, no fue un intercambio de ideas, sino un escenario donde las tensiones se tradujeron en gestos, miradas y silencios incómodos. Salimos confundidos, con la sensación de que la política en Bolivia se ha transformado en un espectáculo más que en un diálogo. Y lo peor es que seguimos siendo espectadores pasivos de lo que debería ser un ejercicio democrático.
Lara llegó con determinación, pero su energía a veces rozó la arrogancia, esa risa contenida casi burlona, cuando su contrincante hablaba, parecía más un recurso de distracción que un signo de seguridad. ¿Era burla o nerviosismo? ¿Era convicción o simple impulso de quien quiere imponerse a toda costa? Sus gestos, sus cejas arqueadas, sus manos que señalaban con insistencia, todo parecía más un duelo personal que un debate de ideas. ¿Por qué el ataque se ha vuelto la estrategia política preferida? ¿Por qué premiamos al que grita más fuerte, aunque sus palabras carezcan de contenido?
JP Velasco, en contraste vimos que apostó por la serenidad, control absoluto del lenguaje corporal, gestos medidos, parecía que todo transmitía autoridad y disciplina. Pero esa contención también se percibió algo fría. ¿Puede un candidato realmente conectar con el pueblo si su prioridad es no salirse del libreto? ¿Cuándo la prudencia se convierte en distancia y la calma en indiferencia?
La vestimenta también fue parte del debate y habló tanto como sus palabras. Lara apareció con el uniforme de la selección de Bolivia y un morral cruzado sobre el pecho, un gesto que parecía transmitir cercanía, identidad y autenticidad, sin embargo, todo parecía un recurso demasiado calculado. ¿Era una estrategia para mostrarse como «uno de nosotros»? ¿O simplemente un esfuerzo forzado por humanizar su imagen?
En contraste, JP Velasco apostó por la sobriedad y la formalidad vistiendo camisa blanca impecable, peinado perfecto. Todo su atuendo transmitía calma y serenidad, un intento claro de proyectar autoridad y control frente a la energía desbordante de su rival. Sin embargo, esa búsqueda de perfección también lo hizo ver algo distante, demasiado contenido. ¿No se necesitaba un poco más de agresividad psicológica en su imagen? En un enfrentamiento donde la otra parte no muestra ni pizca de serenidad, a veces el vestuario puede ser un arma estratégica, un mensaje silencioso de fuerza y presencia que complemente el discurso. ¿Hasta qué punto la contención puede convertirse en un punto débil si el rival domina el escenario con impulso y teatralidad?
El contenido de sus discursos tampoco ayudó. ¿Dónde estaban las ideas para transformar, no solo para denunciar errores del otro? ¿Por qué tanto juego de «qué hiciste», en vez de «qué vas a hacer»? Lara recurrió a frases hechas que sonaban más a confrontación que a solución. Velasco enumeró mecanismos y estrategias, pero su discurso parecía ensayado, casi temeroso de salirse del guion. ¿Por qué nadie se atreve a hablarle al ciudadano con honestidad, sin maquillajes de campaña?
El lenguaje no verbal fue casi un debate paralelo. Lara invadía el espacio con sus manos, inclinándose y apoyándose en el atril como quien reta y Velasco mantenía la distancia, con los brazos cerca del cuerpo, juntando varias veces las manos en signo de conciliación o protegiéndose de un golpe invisible. En sus ojos se notaba concentración, pero también cansancio. ¿Se estaba agotando o resignando ante un formato que no permite profundidad? ¿Qué parte de lo que vimos fue espontáneo y qué parte pura estrategia?
Nos quedamos con más ruido que claridad, con la sensación de haber presenciado una confrontación mediática más que un debate político. ¿Dónde quedó la empatía con quienes escuchamos y esperamos respuestas?
Al final, Lara mostró impulso sin dirección, Velasco mesura sin emoción. Y mientras ambos se medían en gestos y tonos, el país quedó a la espera de algo que nunca llegó. Sin embargo, si algo rescatamos, es que Velasco demostró control y coherencia y Lara a pesar de sus malos excesos, energía y presencia, cualidades necesarias para la política.
Y el pueblo quedó en silencio incómodo, ¿hasta cuándo aceptaremos más espectáculo que respuestas?
La autora es Comunicadora Social y Consultora en Imagen, Etiqueta y Protocolo.
