Después de casi dos años de sacrificios, problemas de todo tipo y cuantiosos gastos, por fin el país llega a la fecha de elecciones generales. Este domingo se efectuará el evento para recibir nuevos mandatarios –en medio de una borrascosa crisis política y económica–, que se espera sea la puerta de entrada a una etapa de reordenamiento y tranquilidad para el pueblo boliviano. Y así pueda reanudar sus actividades en un ambiente de paz y prosperidad, después de veinte años de arbitrariedades, en medio de un mar embravecido y con timonel sin norte a la vista.
Pese a esa esperanza, la asistencia a las urnas de alrededor de siete millones de votantes, se encuentra amenazada por la espada de Damocles del caudillo cocalero Evo Morales, quien —pese a su fracaso en todos sus intentos contra la democracia— anunció que sus últimos seguidores de tierra adentro, van a realizar actos de violencia contra el proceso electoral, todo porque él no ha sido habilitado como candidato.
Estas elecciones llegan luego de graves incidentes, producto del caos que sembró el “masismo” en veinte años de uso y usufructo del gobierno boliviano. Y es que los gobiernos masistas, además de la crisis en que dejaron al país, lo dejaron en la pobreza, al borde de la hambruna y la desintegración de la nacionalidad.
En primer lugar, ya a mediados de 2023, el problema se inició con la elección de magistrados por medio del absurdo método del sufragio universal. Ese procedimiento duró meses y se terminó eligiendo, en su mayoría, a los altos funcionarios judiciales como voceros del Poder Ejecutivo, aniquilando la independencia del Poder Judicial. Finalmente, la ciudadanía no supo a quiénes estaban eligiendo. Así volvió a ponerse en tela de juicio la independencia judicial, desconocida por las autocracias azules durante dos décadas.
En ese paisaje de desorden apareció otro escollo, que fue la presencia de los partidos tradicionales, que hablaron primero de unidad, pero después terminaron en peleas, como gatos en una bolsa. El problema era dilucidar quién sería el candidato único.
Por si fuera poco, ese ambiente se complicó más por la pertinaz presión del caudillo de Orinoca, que desató marchas y bloqueos que, además, agravaron la escasez de alimentos, inflación, falta de gasolina y diésel y otros. Sin embargo, además de muchos conflictos e incidentes políticos, se llegó a la etapa terminal de elección de candidatos por sus respectivos partidos, lo cual no fue cosa fácil, por el estado de inquietud de la ciudadanía, ya agotada por tantos meses de desorden. En fin, fue una olla de grillos.
El refrán popular dice que ¡quien mal anda, mal acaba!, lo que podría ocurrir durante las elecciones y los posteriores actos de escrutinio y anuncios de los resultados. Si no se atenúan los ánimos, podría prolongarse el desorden hasta el 8 de noviembre, cuando sea posesionado un nuevo gobierno.
Elecciones generales en la recta final
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