Parte II
Es sabido, el pasante pide coima “para los trámites urgentes”, el oficial de diligencias exige “para la movilidad”, el policía investigador anuncia sugestivamente “un incentivo para acelerar la investigación”, el fiscal insinúa “una colaboración para que el caso avance”, el juez dilata el proceso esperando “una señal” de oferta, y el vocal, en última instancia, ratifica la injusticia si no hay señales de “incentivo”. Absolutamente todos, sacan plata al pobre litigante. No les interesa ni siquiera el muerto o la desgracia de la gente; toda circunstancia es oportuna para sacar dinero a título de justicia. El caso de Richard Mamani es un testimonio desgarrador de cómo la ley, para él no existió, sino que fue un instrumento para su despojo y su sufrimiento.
Esta es la dialéctica perversa que vivimos: la teoría del derecho, hermosa en sus principios de equidad y verdad, choca brutalmente con una práctica judicial donde las normas son manipuladas descaradamente. Las sentencias son vendidas, los expedientes son entrepapelados, los procesos son dilatados hasta el cansancio, todo para favorecer al mejor postor. La injusticia no sólo “campea” en los estrados judiciales; se ha instalado en ellos, convirtiendo el templo de la justicia en un “mercado persa”.
No estoy planteando “moralizar el derecho” en el sentido de que las leyes deban ser subsumidas por la ética. Se trata de que quienes aplican esas leyes, los operadores de justicia, actúen con ética. Que su “buena voluntad” sea el motor de cada decisión. Que, al llegar a casa, el pan que llevan a sus hijos, cada funcionario judicial, lleve fruto de un trabajo honesto, de haber impartido justicia, no de haber cometido un delito contra ella. Queremos jueces y fiscales armados de valores, no de ambición. Queremos que el culpable reciba su castigo, el inocente su justicia, y la víctima su reparación. Queremos que la sociedad vea en sus tribunales un espacio de esperanza, no de miedo y desprecio.
Y, a ustedes, administradores de justicia que han traicionado su juramento, que han manchado la toga con la tinta de la corrupción, que han vendido la dignidad de su cargo por unas monedas: ¡Escuchen bien! La sociedad boliviana los observa. Ya no hay silencio, ya no hay complicidad. Sus actos de venalidad, sus sentencias vendidas, sus favores políticos, no sólo destruyen vidas como la de Richard, robándole nueve años de juventud; están carcomiendo los cimientos de nuestra nación.
Ustedes, que se esconden tras la letra fría de la ley para justificar sus fechorías, que se enriquecen a costa del dolor ajeno, que se creen intocables por su poder y sus influencias, desde el pasante que cobra por un sello hasta el vocal que vende un “Auto”: ¡Su tiempo se acaba! La indignación popular, la sed de justicia de millones de bolivianos, es una fuerza imparable. No hay amenaza, no hay soborno, no hay poder político que pueda contener la marea de la verdad. La historia los juzgará, y el veredicto será implacable. Serán recordados no como los guardianes de la ley, sino como sus verdugos, como los carroñeros que desmantelaron la esperanza de un pueblo.
La pregunta de Richard Mamani, “¿Quién me devuelve mi juventud?”, resuena como un eco ensordecedor en cada conciencia y nos duele a los bolivianos. Y la respuesta es clara: quienes deben pagar las consecuencias severas son esos “profesionales” que se hacen llamar “doctores” en los estrados judiciales, que, con sus títulos y su supuesta ciencia, vieron y decidieron sobre el destino de este joven inocente. Es hora de que el martillo de la justicia golpee con la fuerza de la verdad, no sólo para castigar al culpable, sino para pulverizar la corrupción que se ha enquistado en el corazón de nuestro sistema judicial. Es hora de que la balanza se equilibre, no por el peso del dinero, sino por el peso inquebrantable de la justicia. Y si no lo hacen ustedes, la sociedad boliviana, con su puño en alto, se levantará para exigirlo, porque ya no podemos mira del palco que la Ley se arrodille ante el mejor postor y el litigante sea la víctima. El martillo de la verdad ya es hora que golpee la corrupción. La tragedia de Richard Mamani y la cadena de carroñeros es una muestra fehaciente de que ustedes, operadores de justicia, jugaron con la justicia del pueblo boliviano.
Lino Mamani Quispe, Dr. Ph.D.
