¿Qué tienen que hacer los forajidos que están lanzando dinamitas y disparando armas de fuego desde la cima de las colinas de Llallagua, para que se los deje de llamar simplemente “manifestantes” o “bloqueadores” y se los comience a llamar como lo que son: terroristas?
La ola progresista de izquierdas en el mundo ha instaurado un buenismo que impide a medios, analistas o personas del común llamar a las cosas o a ciertos fenómenos como lo que son realmente. Cortapisas absurdas no permiten que las personas se refieran a las cosas con las palabras que las describen cabalmente. Por este motivo, los medios de comunicación y líderes de opinión bolivianos deberían comenzar a llamar terroristas —pues es lo que son— a esos delincuentes que, en los enfrentamientos de Llallagua promovidos por Evo Morales y disparando rifles de alto calibre y lanzando dinamitas, ya cobraron la vida de seis personas.
El terrorismo es el intento de controlar la mente a través de la instauración del pánico generalizado; los terroristas matan a pocas personas y, la verdad, sus medios no suelen ser muchos ni muy sofisticados, pero aun así logran atemorizar a miles o millones y sacudir estructuras políticas enteras. Y lo que están haciendo estos pocos forajidos evistas es precisamente eso, poniendo en riesgo la realización de las elecciones generales; ¿por qué, entonces, no llamarlos como lo que son?
Bolivia está viviendo, nuevamente, días dramáticos y caóticos. Los sangrientos enfrentamientos entre grupos evistas (presuntamente vinculados con el narcotráfico) y la Policía y los civiles de Llallagua y de algunas regiones de Cochabamba han cobrado ya varias vidas y han causado varios heridos. Para entender mejor lo que está ocurriendo, habría que recordar las palabras del exministro de la Presidencia de Morales, Juan Ramón Quintana, que hace unas semanas dijo que “el rito del bloqueo se alimenta de sangre”. O los audios del propio Morales, en los que este instruía a su gente a bloquear carreteras y cercar ciudades para impedir el ingreso de alimentos. Así, ¿puede haber alguna duda acerca de la forma antidemocrática y hasta criminal con que los altos dirigentes del MAS operan?
Las imágenes que se difundieron en redes sociales son escalofriantes: un policía sin ropa muerto a pedradas, cañerías reventadas para que el suministro de agua no llegue a las casas, un francotirador, un policía fallecido con la herida de una bala en la espalda, entre otras… Si queda algo de democracia en Bolivia, la fuerza coercitiva del Estado, en el marco de la ley y sus atribuciones, debe poner orden sin reparo; si la razón por la que no lo hiciera antes fue el buenismo izquierdista, ahora podría ser la incapacidad, lo cual sería muy preocupante, pues entonces la realidad de un Estado fallido estaría muy próxima.
Y a los medios de comunicación y analistas que apuesten por la democracia y el Estado de derecho habría que exhortar a llamar las cosas y acciones como lo que son. Un grupo de gente que vuela puentes, detona dinamita y dispara rifles no puede ser llamado grupo de manifestantes o de bloqueadores, sino de terroristas.
Terrorismo “evista”
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