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Cristo el revolucionario

Eric L. Cárdenas del Castillo

Desde hace dos mil años, la figura y pensamiento de Jesucristo, está presente en la vida y desenvolvimiento de buena parte del mundo. Y es que, a diferencia de todos los personajes que han pasado por la historia de la humanidad, como individuos que han dejado huella, la de Cristo ha superado a todas, pues luego de su muerte, su vida y su prédica, así como la de sus seguidores, no sólo dio lugar a la creación de una Iglesia, la Cristiana, sino que pese a los cambios y transformaciones del mundo, su influencia sigue presente.
También en estos dos milenios, los estudios y opiniones sobre la vida y obra de Cristo han sido muchas, unos exaltando su figura y otros pretendiendo desmerecerla, y más aún, poniendo en duda hasta su existencia. Ha sido estudiado desde la historia, la teología, la religión y otras ciencias. Su figura es tan grande, que se ha gobernado el mundo en diferentes tiempos, inspirados en su persona, como lo fueron los mil años de la Edad Media y aun en este tiempo, marcado por un exagerado materialismo, Cristo es el referente de paz y amor.
El nombre de Jesús era común en la antigua sociedad judía, y se lo conoció como el “nazareno”, por haber sido criado en Nazaret, pasó a la historia con el nombre de Cristo, vocablo que viene del griego “kjristos” que significas mesías, el ungido, el escogido por Dios. Han sido los cuatro evangelistas, Marcos, Lucas, Mateo y Juan, que un siglo después del nacimiento de Jesús, escribieron sobre la vida de este predicador, en tiempos en que el imperio romano dominaba el mundo conocido de occidente, e imponía su poder. Es así que los primeros cristianos, fueron duramente perseguidos y ajusticiados, pues eran considerados un peligro para el poder romano, lo mismo que motivó la cruel muerte de Jesús.
Cristo aparece en un tiempo en el que prevalecía el esclavismo, la pobreza y el sometimiento al poder romano, de la mayoría de las capas humildes del imperio, de tal suerte que esta situación agudizaba el conflicto social. Los mitos orientales prometían la llegada de dioses convertidos en hombres, que les redimirían de su situación. Fue en Palestina, provincia romana de la Galilea, que era un lugar de tránsito entre el Oriente y Occidente del imperio, desde donde se expandieron las ideas de la nueva doctrina, que tenía a Cristo y su prédica, como fundamento de un nuevo tiempo, en especial para los pobres, esclavos.
Las enseñanzas de Cristo –impregnadas de un profundo humanismo, basado en el amor al prójimo, la caridad, el renunciamiento a las riquezas, el perdón, la justicia, y la entrega a Dios–, fueron el caldo de cultivo de las masas que se volcaron al cristianismo, aun a costa de sus vidas. De tal manera que esta doctrina de redención humana y espiritual, se extendió por el imperio y, luego, por buena parte del mundo conocido de ese tiempo. Además, esta nueva buena, era en especial para los pobres, pues Cristo había sentenciado: “Es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja que entre un rico al reino de los cielos”.
Cristo fue, sin duda, un revolucionario y hasta un anarquista, pues cuestionó el poder político y económico, las costumbres sociales de su tiempo, rompió mitos y perjuicios, como cuando pidió agua a una samaritana, cuestionó el exagerado patriarcalismo judío y el concepto de familia legal o sanguínea, por el amor a la familia humana y, finalmente, en el momento de su muerte en la cruz, luego que su madre María exclamara “hijo mío”, le responde el crucificado: “Mujer, he ahí a tu hijo”, y a Juan, “hombre, he ahí a tu madre”. Es decir que Cristo nos deja como legado a lo más importante del sentimiento humano, a su madre.
La doctrina de Cristo, puede ser resumida como la doctrina del amor, pues él mismo expresó: “Amaos los unos a los otros, como yo os he amado” y “ama a tu prójimo como a ti mismo”. En todo este tiempo, y desde casi los mismos orígenes del ser humano, una de las características de la vida humana, ha sido la violencia, el sometimiento a los demás, como fueron el esclavismo, las guerras fratricidas y las enormes diferencias entre ricos y pobres.
La vida de Cristo y sus enseñanzas deben ser asumidas como una guía a todos los seres humanos, para realmente humanizar nuestro mundo, sumido hoy, como antes, en la violencia fratricida. La figura de Cristo es la más sublime, como ejemplo de filosofía de vida, para todos.

El autor es Abogado, Politólogo, escritor y docente universitario.

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