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[Severo Cruz]

Ante las señales inamistosas


Quienes disienten con el cambio, emprendido en noviembre del pasado reciente, son aquéllos que fueron desalojados del caserón de la plaza Murillo, como consecuencia del fraude electoral que cometieron, con fines de perpetuarse en el Poder.

Hecho inédito, en las páginas de la historia Patria, que ha sacudido las estructuras políticas del continente latinoamericano y del mundo, con miras al Siglo XXI. Asimismo ha provocado tremendo prurito entre los mandamases de las naciones donde el autoritarismo hace de las suyas. Que somete a sus pueblos, inclusive al hambre y la miseria.

Aquellos sectores asumen, de una u otra manera, actitudes conspirativas y de hostilidad, en contra de la convivencia pacífica, desde el interior y exterior de nuestras fronteras. Por lo visto ella, requerida ahora más que nunca, está en vilo, o sea en riesgo, por las permanentes amenazas que propalan los grupos afines al régimen depuesto.

Ojalá el 2020 sea un año estrictamente electoral. Es decir un año exento de convulsiones sociales, vengan de donde vinieran, que, como bien sabemos, no hacen otra cosa que distanciar a los bolivianos, por el color político o la ideología que profesan. Frustran, también, las proyecciones nacionales, de alcanzar metas de progreso, de desarrollo y bienestar social.

El cambio, resultado del esfuerzo y coraje de la ciudadanía y del movimiento juvenil, en particular, que ganó las calles bajo el slogan de “libres para pensar y libres para actuar”, cuenta con la simpatía de muchos países y gobiernos. Y de antipatías de aquéllos que manejan la versión de “golpistas”.

Por consiguiente: los que detentan transitoriamente el gobierno nacional y aquellos que se rasgan las vestiduras ahora en la oposición, deberían aceptar, con humildad, con desprendimiento y amplitud de criterio, el desafío tendente a consolidar la convivencia pacífica, pero duradera, que tanto necesita el país, para salir adelante, por el bien común.

Una convivencia pacífica que nos permita tomarnos de los brazos para abordar el diálogo, el debate y decisiones, en la búsqueda de soluciones a los problemas más apremiantes, pero pensando siempre en una Bolivia digna, fuerte y respetada, para bien de los que vienen detrás de nosotros.

Deberíamos movilizarnos, animados por la férrea voluntad política de servicio a la Patria, a fin de afianzar la convivencia pacífica. Y que nadie, a título de nacionalismo o socialismo, se atreva a quebrantarla.

En ese entendido, deberíamos convocar a los bolivianos de buena voluntad para construir puentes de entendimiento y tolerancia, capaces de promover e incentivar la convivencia pacífica, en los cuatro confines del territorio nacional.

A despojarnos, pues, de intereses mezquinos, que, en todo caso, lastiman el espíritu de la convivencia pacífica. Ignoran todo sentimiento de amistad, fraternidad y hermandad.

En suma: aún es tiempo para resguardar la convivencia pacífica, amenazada por señales inamistosas.

 
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