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[María Elena Paz]

Junto a un gran hombre hay una gran mujer


 

La historia oficial es siempre renuente a reivindicar a los verdaderos líderes de la independencia de Bolivia. Por inquietud personal he logrado obtener datos históricos sobre quienes se constituyeron silenciosamente en grandes personalidades y fueron poco recordados, como Manuel Ascencio Padilla y su esposa Juana Azurduy.

Manuel Ascencio Padilla nació el 28 de septiembre de 1774, en lo que hoy es Chayanta, localidad de Bolivia. Apoyó la causa revolucionaria desde su estallido, el 25 de mayo de 1809. Cuatro años atrás, había contraído matrimonio con Juana Azurduy, quien compartió sus mismos ideales. Ambos fueron perseguidos por las fuerzas del Mariscal Nieto, después de haber sido derrotada la insurrección de 1809 que dirigía Pedro Domingo Murillo. En septiembre de 1810 ocupó Punilla, con 2.000 indígenas, siendo perseguido por las fuerzas del absolutista José Manuel de Goyeneche.

De la derrota Padilla salió con sus bienes confiscados, pero logró rescatar a su esposa Juana Azurduy y a sus hijos de manos del enemigo. En 1812 se incorporó al ejército del Norte, aportando luego diez mil indígenas a las luchas por la causa de la independencia. A partir de entonces, vigorizó sus fuerzas y se estableció en La Laguna, donde concentró una importante cantidad de indígenas, tornándose por momentos el lugar inexpugnable, junto a su esposa y sus amazonas.

La tarea realizada por Padilla resulta fundamental porque impidió a los ejércitos absolutistas el avance hacia el sur, dando tiempo a San Martín para levantar el Ejército de los Andes en la acción de Villar. Recibió un balazo que le provocó la muerte. El jefe enemigo –Aguilera- lo degolló y luego colgó su cabeza en una pica, en el pueblo de La Laguna.

En mayo de 1817 Juana acaudilló a su gente y controló la zona de La Laguna, recuperando la cabeza de Manuel Ascencio. La lucha de los Padilla es una verdadera gesta, nutrida de altruismo, en la cual no sólo perdieron todos sus bienes sino también a sus hijos. Años después de la muerte de Manuel, Simón Bolívar visitó a Juana, en su modesta vivienda, para agradecerle todo lo que ella y su difunto marido hicieron por la revolución.

Juana Azurduy de Padilla nació en Chuquisaca. Era descendiente de una familia mestiza. En 1802 contrajo matrimonio con Manuel Ascencio Padilla, con quien tuvo cinco hijos. Tras el estallido de la revolución independentista de Chuquisaca el 25 de mayo de 1809, Juana y su marido se unieron a los ejércitos populares. El caso de Juana no fue una excepción; muchas mujeres se incorporaron a la lucha en aquellos años.

Juana colaboró activamente con su marido para organizar el escuadrón que sería conocido como Los Leales. En 1810 se incorporó al ejército libertador de Manuel Belgrano, que quedó muy impresionado por el valor en combate de Juana; en reconocimiento a su labor, Belgrano llegó a entregarle su propia espada. Juana y su esposo participaron en la defensa de Tarabuco, La Laguna y Poma bamba. Su marido al partir hacia la zona del Chaco dejó a cargo de su esposa esa región estratégica, Juana organizó la defensa del territorio y, en una audaz incursión, arrebató ella misma la bandera del regimiento al jefe de las fuerzas enemigas y dirigió la ocupación del Cerro de la Plata. Por esta acción y con los informes favorables de Belgrano, el gobierno de Buenos Aires, en agosto de 1816, decidió otorgar a Juana Azurduy el rango de teniente coronel de las milicias, las cuales eran la base del ejército independentista de la región. Juana y su marido vivieron momentos extremadamente críticos, tanto que sus cuatro hijos mayores murieron de hambre. Quedó viuda tras la muerte de su marido en la batalla de Villar (14 de septiembre de 1816). El cuerpo de su marido fue colgado por los realistas en el pueblo de la Laguna, y Juana se halló en una situación desesperada: sola, embarazada y con los ejércitos realistas controlando eficazmente el territorio. Tras dar a luz a una niña, se unió a la guerrilla de Martín Miguel de Güemes, que operaba en el norte del Alto Perú. Murió en la provincia argentina de Jujuy a los 80 años de edad, en la más completa miseria: su funeral costó un peso y fue enterrada en una fosa común. Sólo póstumamente se le reconocerían el valor y los servicios prestados al país.

 
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Almuerzo en homenaje a la Independencia de Bolivia

Lesley Haslam, Mabel Velasco, Hortencia Villalobos, Eliana Ponce, Rosario Chacón, Clemencia Artieda y Rosario Santos.


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