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[Raúl Pino-Ichazo]

¿Mujeres y hombres somos malos?


 

Quien primero regurgitó este pensamiento fue el filósofo Maquiavelo, que era pesimista respecto a la naturaleza del hombre, pero no asignó consideración o, mejor, no quiso hacerlo, que el hombre ha sido creado con inclinación al bien, pero debe, para mantenerse en ese estado, dominar al libre albedrío.

Muchos políticos, por no generalizar, se atribuyen en sus actos las premisas de Maquiavelo, sobre todo antes de un proceso electoral, donde prometen todo, irresponsablemente todo, y luego, cuando son elegidos, se apegan a lo vertido por el filósofo, afirmando “Un gobernante prudente no debería mantener su palabra dada cuando hacerlo fuera contra sus propios intereses y cuando ya no existen las razones que lo hicieron comprometerse”; una posición que denigra al gobernante y lo arroja irremisiblemente y para siempre al desprecio e incredulidad del pueblo que, por lo contrario, siempre lleva la razón: vox populi vox Dei.

La justificación de tal acto inmoral e incoherente comportamiento trunca definitivamente el ascenso del político al podio de la virtud de la honestidad y al reconocimiento del pueblo que, sin aliteración, es el más valioso y constitutivo de todos. Esta inconsecuencia se basa en otro precepto del filósofo: “Si todos los hombres fuesen buenos, este no sería un buen precepto, pero como son malos y como no cumplen contigo su palabra, tú no estás obligado a cumplirla”. Es lamentable que el filósofo no cite a la mujer que es parte indivisible de las sociedades además de su vital rol como el ser más importante de la creación.

Esta última máxima se dirige al pueblo con el entresijo de contaminar su honestidad y voluntad solidaria; afortunadamente sin resultados históricos para el filósofo, ya que las grandes transformaciones del mundo y su progreso se las debemos a los pueblos que siempre mantuvieron, con carencias extremas, su honestidad y sentido de pertenencia al pueblo, configurando su moral incorruptible, amén de indestructible.

Maquiavelo dice que los hombres son malos porque los domina el libre albedrío que los hace vulnerables al mal, pero la esencia del bien está incólume; el filósofo no quiere saber que esa contingente maldad no es radical y que su eventual incursión a la maldad no destruye su grandeza original, debido a que la naturaleza humana es buena en su esencia, en su quididad, que son sus elementos y tendencias más profundas.

Esa bondad radical de mujeres y hombres, unida a sus múltiples particularidades, constituyen la causa y la energía de las luchas por el progreso incesante de la humanidad. Toda esta visión eminentemente telúrica, el crudo empirismo que propugna, impidieron al filósofo ver al hombre como imagen y semejanza de Dios, que es significativamente un nivel superlativo que es concedido al hombre. Asumir su imagen y semejanza es algo excepcional y que solo puede devenir de Dios y de su amor a la humanidad.

En otro sentido no se debe hostigar a la Iglesia con el argumento de que muchos príncipes de la misma, así como seculares y sobre todo Alejandro IV, que es el ejemplo central del filósofo, figuraron entre los más destacados seguidores de sus preceptos, sin embargo nunca catecismo alguno enseñó que debemos imitar a los príncipes en nuestra conducta; la religión y nuestro sentido común nos enseñan sólo imitar a Jesucristo.

La intención de esta nota es que reflexionemos sobre el resultado de estas doctrinas del filósofo Maquiavelo, que se siguen aplicando en la modernidad, y que produjeron una desdichada escisión o división entre la política y la moralidad, cuando el pueblo sabe que en la conducta estable de un político, la moral y la política, como acción y resultado, son indivisibles, y no una antinomia; realidad incontrastable que no debe derivar en un cinismo civilizado alentado por la simplificación de la moralidad.

El autor es abogado corporativo, postgrados en Arbitraje y Conciliación, Filosofía y Ciencia Política, Interculturalidad y Educación Superior, Derecho Aeronáutico, doctor honoris causa.

 
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