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[Raúl Pino-Ichazo]

Se asesina a mujeres y niñas impunemente


 

Todo el mundo sensible está profundamente preocupado y con ira contenida por la brutal violencia sexual y los asesinatos de mujeres y niñas. Más allá del costo irreparable de valiosas vidas, los asesinatos de mujeres y niñas trasuntan los detectables y perjudiciales fallos en la sociedad. ¿Quién debe corregir esos fallos estructurales y reconducir a la sociedad?, indubitablemente el Estado y sus poderes públicos; por ello no es fácil gobernar si no está preparada y formada toda la burocracia que asume los poderes del Estado frente a un problema gravísimo como la violencia contra las mujeres y niñas y los constantes feminicidios.

Para gobernar eficazmente hay que retrotraerse con humildad para aprender de los antiguos sabios griegos, que cuando ascendían al poder tenían un solo objetivo: servir al pueblo; dos palabras que encierran un contenido sin límite de dedicación. Y para cumplir con esa máxima, entregaban su vida al servicio del pueblo, como un verdadero apostolado, sin pensar en sí mismos como gobernantes. Entonces, coincidirá el lector, cuando el gobernante asume ese apostolado se elimina la corrupción, por simple decantación.

No es propio de la condición humana introducir indolencia y resignación ante la ausencia de dominio de los instintos básicos de los hombres, generadores de este caos referido al respeto y preservación, como derecho fundamental, de la vida humana. Nuestro país, y el resto de países de Latinoamérica, por el alto costo de estas deformaciones de la sociedad se priva irremisiblemente del progreso, pues se extirpa sin recuperación a un ser humano, de actuar en la sociedad y conocer y disfrutar su aporte, causando daños psicológicos de por vida a las mujeres y niñas víctimas de la violencia doméstica y de pareja, precisamente al ser más importante de la creación.

Se requiere inmediatamente y con carácter mandatorio, bajo la tutela del Estado y sus poderes públicos, un radical y sustentable cambio que se debe metamorfosear en muchos niveles, tanto en los ámbitos culturales, físicos e insipientes de las sociedades, tanto urbanas como extraurbanas.

El hogar es la fase cardinal para el esclarecimiento, ahora por la necesidad, muy temprano, a los niños de esta cruel usanza, acción que debe ser transmitida por padres diligentes, sin dilaciones, temores o prejuicios. De esta manera se forma niños psicológicamente estables y actualizados con las servidumbres humanas y, conscientes del latente peligro, posibilitarán con actitudes firmes de su intelecto, generadas por el esclarecimiento, la desestructuración de la impunidad.

Es desgarrador conocer que unas 70.000 mujeres y niñas son asesinadas cada año, y no es infrecuente como causa la escalada de violencia doméstica. Peor aún, según estudios realizados en el Brasil, se estima que cada ocho horas es asesinada una mujer por su compañero íntimo; triste reflejo que confirma que el hombre no asigna prevalencia a su pródiga inteligencia para que domine sus instintos, transformándose en un ser primitivo y cercado implacablemente por aquéllos.

No existen, y hay que afirmarlo sin eufemismos, progresos alentadores en la justicia, aunque en nuestro país y casi toda Latinoamérica, se ha promulgado y sancionado leyes para investigar y castigar el acoso sexual, la violencia doméstica y el feminicidio; empero, es un oasis lírico, mientras no se disponga de la indeclinable voluntad de los poderes públicos para su real y efectiva implementación, así como la asignación de presupuesto suficiente, la estructuración de un poder judicial probo, formado jurídicamente con idoneidad e incorruptible y el rearme moral del hombre y del hombre en ciernes, pues el pueblo sufre por estas incesantes pérdidas de mujeres y niñas valiosas, sin recuperación.

El autor es abogado corporativo, posgrados en Interculturalidad y Educación Superior, Docencia en Educación Superior, Derecho Aeronáutico, Arbitraje y Conciliación, escritor.

 
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