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[H. C. F. Mansilla]

Cuando la sociedad privilegia la astucia como principio vital


 

En la ancianidad casi todos tendemos a hacer un resumen de nuestros conocimientos y, sobre todo, de nuestra sabiduría práctica. Esto es lo que intento en estas breves líneas. Si bien no podemos pretender una comprensión cabal de la realidad, debemos en cambio usar nuestros esfuerzos intelectuales para construir un camino precario y provisorio que nos permita vislumbrar algo cercano a la verdad, si es que existe algo tan inasible como la verdad. Los asuntos humanos se mueven generalmente en medio de un complejo entramado de tonos grises, en el cual las certidumbres adquiridas duran poco tiempo, pero donde tampoco se puede postular el todo vale o el relativismo categórico de los postmodernistas en cuanto principio rector permanente.

En este contexto -el ámbito de lo gris, es decir: de lo ambiguo- parece útil referirse a algunos temas centrales que no han merecido la atención debida de parte de los literatos e intelectuales bolivianos. Quisiera mencionar algunos temas porque su esclarecimiento tiene que ver estrechamente con un sentido común crítico, que es y ha sido una de las carencias principales de nuestro pequeño mundo. Entre ellos están la expansión de la cultura política del autoritarismo en todos los sectores sociales y étnicos, el poco interés por la perspectiva de largo plazo, el prestigio muy limitado atribuido a la institucionalización de la administración pública, la escasa consideración de los derechos de terceros, la tendencia a la anomia generalizada (es decir a la ley de la selva) y la clara preeminencia de que goza la astucia sobre todas las formas de inteligencia.

En una sociedad fuertemente tradicionalista como la boliviana, la actuación adecuada de todo individuo está dirigida a embaucar sistemáticamente al prójimo o, por lo menos, a intentarlo. La divisa normativa de esta gente es la mencionada y criticada por Alcides Arguedas: piensa mal y acertarás. Constituye también una estrategia de defensa, un procedimiento para hacer frente a enemigos reales o imaginarios, contra los cuales no se puede o no se debe luchar de frente. Esto presupone un plan de estrategia instrumental para neutralizar los intentos de engaño que provienen de los otros. La astucia, y no la inteligencia, es, en el fondo, lo que predomina sin excepción en la esfera política. Pero los partidarios de las mañas y artimañas, de las trampas y zancadillas con efectos políticos olvidan una dimensión fundamental de la problemática.

Francis Bacon, el gran pensador y estadista británico, explicó que hay una diferencia importante entre la sabiduría genuina y la perspicacia práctica: el pícaro puede moverse muy bien en los entresijos del poder y las instituciones mediante una estrategia instrumental, pero no comprende el conjunto ni puede percibir los fenómenos que van allende lo muy conocido. El bienestar de la sociedad a largo plazo exige conocer a tiempo las connotaciones sociopolíticas y culturales que duran décadas, y por ello la sabiduría sería un bien superior a la astucia.

Los regímenes populistas han mostrado un marcado desinterés por la protección de ecosistemas en peligro y, en general, por medidas pro-ecológicas favorables al medio ambiente en el largo plazo, pese a la inmensa retórica favorable verbalmente a la Madre Tierra y a deidades afines. En estos sistemas sociales se puede constatar una población dilatada de individuos atomizados, que viven un desamparo existencial y que están a la espera ansiosa de la figura paternal-patriarcal que les enseñe sin muchas contemplaciones el sendero correcto. Y en esta constelación encontramos a una contra-élite revolucionaria convertida en la nueva clase política, celosa de sus prerrogativas, rutinaria en sus valores de orientación, convencional en su comportamiento y extremadamente egoísta a la hora de compartir la responsabilidad gubernamental. Este sector social es el gran practicante de la astucia en todas sus formas y colores.

 
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