[Raúl Pino-Ichazo]

Omnipresencia de Dios


 

Esta cualidad de Dios debería inclinarnos a la reflexión, pues cuanto más estamos atareados en nuestras persecuciones materiales tanto más debería aparecer Dios en nosotros, ya que de lo contrario se erige el riesgo de ingresar a una alienante materialidad. Entonces démonos cuenta que nuestra vida requiere una reflexión constante, profunda y diaria para encontrarnos con Dios. Pero, ¿cómo se encuentra a Dios?, simplemente pensándolo, citándolo, leyéndolo y consultándole sin temores sobre lo que se debe hacer o dejar de hacer, antes de actuar. Y hasta defendiéndolo ante voces adversas, aunque muchas personas se abstienen de defender a Dios por carencia de personalidad para identificarse como individuos de fe, cuando escuchan maldiciones, herejías e imprecaciones.

De esta forma se crea en el ser humano la necesidad de involucrar a Dios con estas acciones y el pensamiento, en todos nuestros actos terrenales. Y tal calidad de vida reanima nuestra aletargada fe y la acrecienta, debido a que no se puede obtener la paz ni la riqueza espirituales si es que no sabemos inducir con nuestros actos al crecimiento de nuestra fe. ¿Y qué se entiende por fe?, la fe es en sí un misterio; es un don del cielo, pero un don que recibimos en nuestro interior y los caminos que recorre la fe en nuestro interior son inextricables. Empero, existe la certeza cuando se tiene fe, como solo algo medido por el sentimiento o por las necesidades humanas está destinado a fortificar el orden social de la vida y la seguridad de mujeres y hombres en lo que respecta al dominio de la tierra y de la naturaleza.

En toda religión es determinante comprender que no existe el ver para creer, sino el creer para ver, lo cual es diametralmente diferente, tanto en la acepción como en logro espiritual. No se puede encontrar a Dios ni descubrirlo si no se comprende que la fe es la única posibilidad de elevarse a otro ámbito, desaferrándose de la obsesión por las cosas terrenales. Pero es menester aclarar que las cosas materiales deben ser atendidas, pues Dios no sería justo si no nos dejase corresponder a nuestra naturaleza humana, consecuentemente imperfecta. Sin embargo, jamás esta necesidad debe sobrepujar lo espiritual y es este preciso punto de inflexión que nos provee equilibrio y ponderación, ante nuestras necesidades de supervivencia, como vivienda, educación, alimentación, reproducción y abrigo.

La fe significa confiar en Dios y denota la convicción religiosa, aunque no se apoye en la revelación divina y es una decisión libre y moral de las personas. Por el contrario, la incredulidad es la falta de fe en la revelación y también la carencia de toda fe en Dios, siendo más o menos un sinónimo de ateísmo, aunque esa afirmación se relativiza pues todo ser cree en algo, entonces, no hay ateos puros.

Lo importante es reflexionar sobre la indiferencia y el desvío de nuestra obligación de cultivar nuestro espíritu con la manida excusa de que estamos ocupados con las exigencias de la vida; esto colisiona e implica culpa cuando se rehúsa la fe a sabiendas del hecho de la revelación o las razones suficientes a favor de la existencia de Dios. Entonces, no podemos ingenuamente aludir el abandono de Dios, cuando vivimos vicisitudes difíciles, si no hemos erigido una fe siempre in crescendo y estructurado una comunicación íntima con Dios.

Normalmente, cuando nosotros abandonamos a Dios y suceden desgracias, no sin antes culpar a Dios, no entendiendo que todas las desgracias suceden por el libre albedrío que disponemos y las enfermedades por descuidos, excesos y vicios que se trasmite. Entonces recurrimos a visitar la iglesia y a encender velas, olvidando que se requiere una actitud creyente, convicción y la confianza inconmovibles por la duda, firmes e intensamente penetradas de sentimiento, con que alguien se adhiere con fe, fervor y continuidad a la persona o cosa que cree; imaginemos entonces que esa persona es Dios.

El autor es abogado, doctor honoris causa, docente, escritor.

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