[José Alberto Diez de Medina]

La caída del Gral. Mariano Melgarejo


 

Después de varios levantamientos revolucionarios en 1870, en Santa Cruz y Sucre, respectivamente, contra el gobierno del Gral. Mariano Melgarejo, el más fuerte se realizó en la ciudad de La Paz el 24 de noviembre de 1870, comandado por Agustín Morales, Casimiro Corrales y el Gral. Hilarión Daza, que se pasó al lado rebelde.

Anoticiado de este último hecho, el Gral. Melgarejo inició su marcha a la ciudad de La Paz, llegando a la ciudad de Oruro con sus tropas agobiadas y cansadas por ese trayecto de más de 600 kilómetros.

Conocedores en La Paz del arribo a Oruro de las tropas melgarejistas el 11 de enero, se convocó a una junta presidida por el Gral. Morales, y conformada por el ingeniero Leonardo Lanza y el señor Agustín Aspiazu, entre otros, a fin de proyectar la defensa y fortificación de la ciudad. El día 12 el señor Aspiazu fue nombrado Superintendente de barricadas, y el 13 se dio la orden para su construcción, junto al Ing. Lanza.

El 14, las tropas de Melgarejo descansaban en la Ventilla, trasladándose al Kenko, en pleno altiplano ya, cerca de la ciudad, para pernoctar. Amaneció el día 15 de enero de 1871, esplendoroso, con el sol radiante y un cielo límpido, iniciándose el descenso. Antes del combate, Melgarejo envió parlamentarios intimando la rendición, bajo garantías, ofreciendo dimitir del mando ante un Consejo de Ministros, para convocar a los colegios electorales, y el cuerpo legislativo, pero no se le creyó.

A las 10 de la mañana se descolgaron de El Alto 2.200 combatientes, muy bien pertrechados y armados con rifles de ultimo diseño; los soldados de Melgarejo presentaban un aspecto feroz, su tez ennegrecida, por la intemperie de tanta caminata, mala catadura, rifle al brazo y un par de puñales al cinto, siempre seguidos del tropel de mujeres, que en todo ejercito constituían la base importante de su mantenimiento, formado por sus concubinas, quizá algunas esposas, gran parte de rabonas, ocupadas en esos trances de la cura de heridos y alimento de combatientes.

Refiere el Gral. Quintín Quevedo, segundo de Melgarejo, que el Capitán del Siglo dijo a la tropa casi en términos de súplica, y con algunas lágrimas en los ojos: “Ustedes conocen a la señora Juana Sánchez y a doña Rosaura Muñoz, mi hermana, hagan un esfuerzo por salvarlas, están en la policía. Les recomiendo a esa pobre niña”, refiriéndose a doña Juana.

Melgarejo en Calle ancha cambió su sombrero de paja por uno de castor, conocido por su uso en toda batalla. La lucha fue terrible y mortal, Melgarejo tomó el tambo de las Concebidas, la casa de don Vicente Ballivián y Gregorio Loza, que defendían la barricada Chirinos. Las barricadas cumplían su efecto, y se luchaba calle por calle, casa por casa.

Un vecino de la ciudad, de origen francés, Pablo Ferdinand, a gritos decía: “ustedes son como los franceses que luchan por la libertad, para mí los de Melgarejo son como los prusianos”.

Las piezas de artillería, dos cañones, no paraban de funcionar con éxito, a las siete de la noche se empezó a notar la derrota del poderoso ejército de Melgarejo. A las 12 de la noche se empezaron a entregar más de cien prisioneros montados, cuatro piezas de artillería, pertrechos de guerra y municiones. En el ejército de Melgarejo murieron: 25 jefes, 30 oficiales, 530 soldados de tropa, 612 rabonas.

El Gral. Melgarejo huyó de la ciudad con una ligera escolta, rumbo a la frontera del Perú, perseguido y apaleado por los indios, a quien él había tratado de quitar sus tierras. Cruzó la frontera solo y abandonado.

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